domingo, 18 de mayo de 2025

¿Prohibir perros en los parques?

Cuando el problema no tiene cuatro patas

Puede parecer ridículo, pero tiene sentido. Y no por odio a los animales —que quede claro—, sino porque algunos humanos no están a la altura de la tenencia responsable.

Uno de los motivos para discutir esta posibilidad es que, como suele pasar, pagan justos por pecadores. Hay dueños y dueñas que, en buena hora, sacan a pasear a sus querubines peludos a plazas y parques, pero no se agachan a recoger sus excrementos. Y no hay nada más desagradable que sentarse sobre el césped y apoyar las nalgas en una mezcla fecal de origen canino. Ni hablar de los niños jugando sobre pasto pasado a caca de cachupín. Es simplemente asqueroso.

Y eso es solo lo sólido. La orina canina también deja huella. Aunque parezca un gesto inofensivo, contiene altas concentraciones de nitrógeno, sales y otros compuestos que, al acumularse, queman el pasto, acidifican el suelo y afectan árboles jóvenes. El impacto se agrava cuando los animales orinan repetidamente en los mismos lugares, impidiendo la regeneración del césped o dañando las raíces expuestas de arbustos y árboles.

En plazas, jardines y áreas protegidas, estas acciones, sumadas a la falta de educación del cuidador, terminan transformando los espacios comunes en zonas degradadas.

Yendo a lo específico (sin querer profundizar demasiado), se generan impactos como:

  • Quemaduras por exceso de nitrógeno (urea/amoniaco)
  • Alteración del pH del suelo
  • Exceso de sales y electrolitos
  • Daño físico por repetición en zonas específicas
  • Impacto en árboles jóvenes y raíces superficiales

Las plantas más afectadas: pastos ornamentales como la festuca, arbustos florales, plántulas y césped recién establecido.

Una solución puede ser establecer plantas tolerantes a suelos salinos o especies más rústicas que soporten mejor estos impactos. Pero más allá de lo vegetal, hay acciones humanas que podrían marcar la diferencia: diluir la orina con agua, educar al perro, usar barreras físicas para proteger jardines o árboles jóvenes, o rotar las zonas de paseo, lo que incluso es bueno para la salud del propio animal.

¿Y prohibir el ingreso de mascotas?

Algunos podrían sugerirlo como medida final. Suena práctico, pero tiene varios problemas. ¿Quién lo fiscaliza? ¿Quién lo hace cumplir sin generar más conflicto? Además, hay un tema de fondo que no se puede ignorar: los perros y gatos callejeros. Por ningún motivo esto debe interpretarse como un llamado a masivas eutanasias. Disminuir su población —y con ello parte del problema— va de la mano con la esterilización, la política pública y la adopción: una política del buen corazón.
Distinto es el caso de animales domésticos asilvestrados, que, al perder su vínculo con humanos y adaptarse al medio, pueden transformarse en una amenaza real para la flora y fauna nativa. Allí el enfoque debe ser otro, con criterios ambientales y científicos, sin romantizar una situación que, muchas veces, requiere medidas drásticas.¿Qué culpa tienen ellos? Fueron abandonados. No eligieron estar ahí. Muchos ni siquiera tienen dónde hacer sus necesidades, comer o protegerse del frío. Son víctimas, no villanos.

La tentación de prohibir puede parecer eficiente, pero no es ni justa ni viable. Porque el problema de fondo no son las mascotas, sino el humano irresponsable que las abandona, que no recoge, que no respeta.

Y ya que estamos…


Los parques también se ven afectados por otras conductas humanas:

  • Fumadores que botan colillas en el pasto
  • Personas que orinan en árboles, bancas, juegos infantiles o paredes
  • Visitantes que dejan basura, envoltorios, botellas y latas
  • Quienes rayan el mobiliario o rompen juegos por simple ocio
  • Personas que usan parlantes con música a todo volumen
  • Individuos que arrancan flores o plantas “porque sí”
  • Y sí, incluso hay quienes dejan excremento humano. Tal cual.

Yo fui fumador, y reconozco que era de esos que tiraban la colilla en cualquier parte. Ya voy por los 16 años sin hacerlo, mismo tiempo que llevo sin fumar. No me enorgullece, pero me recuerda que sí se puede cambiar.

Y al final, lo más triste es que el problema no es técnico, ni legal, ni logístico. El problema —otra vez— es la falta de cultura cívica y educación básica.

Porque más que señales, reglamentos o multas, lo que hace falta es simple:
criterio, respeto y empatía.

Y eso, hasta ahora, ni se enseña ni se fiscaliza.

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