domingo, 25 de mayo de 2025

Responsabilidad política y política con responsabilidad

Este año es electoral. Otro más. Se viene la necesaria “renovación de autoridades, de líderes que solucionarán nuestros problemas”. Y como muchos, me enfrento a esa mezcla de hartazgo, desconfianza y necesidad de elegir.

En ese proceso, recordé una frase que escuché hace muchos años y que, aunque simple, me hizo ruido en el buen sentido: responsabilidad política y política con responsabilidad. Y no es un juego de palabras. Hoy más que nunca, es una exigencia.

Porque ya no sirve que prometan ladrillos y oro. Ni que reciten compromisos ambientales, sociales o económicos que luego no piensan cumplir. Yo no voto por slogans. Voto —si voto— por alguien que entienda que la política no es una plataforma de egos, sino un oficio. Uno que se debe ejercer con ética, con memoria, con continuidad.

He visto cómo a veces sí se cumplen ciertas promesas, como terminar con las AFPs… ah, no, esa no se cumplió. Ya, mejorar la educación… chuta, esa tampoco. Esta sí: terminar con las listas de espera… ¡carajo!, tampoco.

¿Y por qué no se han cumplido? Porque en política se necesita más que apoyo popular o buena voluntad. Se requiere humildad para pararse frente al electorado y no prometer lo que saben que no podrán cumplir. Si son responsables, habrán analizado el país real y sabrán que, salvo cuando los cambios los empuja un terremoto o una catástrofe, los giros abruptos suelen dejar mucha gente herida en el camino. Entonces, se necesita más que buenas intenciones: se necesita humildad y responsabilidad.

Estamos en ese ir y venir de promesas de los candidatos que más suenan. Entiendo que hay más de 300 personas que, por convicción o por joda, se inscribieron en el Servicio Electoral y están recolectando firmas. ¿Se imaginan el tamaño del voto si solo un cuarto logra la meta? ¿Se imaginan la cantidad de promesas que escucharemos? ¿Y la cantidad de “troles” atacando a todos los adversarios en redes sociales?

Lo que no es imaginación son algunas de las promesas que ya se escuchan: desde nuevas cárceles que “ya se están construyendo” hasta un estadio para un equipo que juega de azul. La primera la nombro porque es irrisorio que se proponga sin siquiera saber dónde se está construyendo o si habrá más. Necesaria, sí, pero ¿informada? La segunda, por ser el colmo del populismo barato. Un presidente puede tener su corazón en un equipo de fútbol —está en su derecho—, pero de ahí a prometerlo como parte de su programa de gobierno...

Y también pido claridad. Porque hay cosas que muchos candidatos presentan como si dependieran solo de ellos. Pero en una democracia como la chilena, con fuerte presidencialismo y un Congreso bicameral, gran parte de las promesas necesitan pasar por el Parlamento. Y si no tienen mayoría, ni capacidad de construirla, muchas ideas quedan en el aire. Algunas se arrastran en comisiones, otras mueren sin pena ni gloria, y otras terminan sirviendo de excusa: “no cumplí porque ellos no me dejaron”.

Es más: conviene votar pensando en el Congreso que acompañará al futuro o futura presidenta. Pero ese Congreso también llega con promesas que, por culpa de ellos mismos, no se cumplirán. Se diluirán en comisiones investigadoras, acusaciones constitucionales, cazas de brujas entre ellos, discusiones internas, y un sinfín de artilugios que solo entorpecen la claridad y calidad de las leyes que necesitamos para un país más seguro, justo y sostenible.

Por eso, este año tengo claro mi filtro. No quiero improvisaciones ni operadores disfrazados de estadistas. Quiero a alguien que entienda el sistema, que no prometa lo imposible, y que sepa construir mayorías. No más expertos en buscar culpables.

Mi piso es simple: oficio, ética y coherencia.
El resto, que pase no más
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