La reciente columna de Julio Torres Cuadros, “El desprecio a los árboles alcanza los campusuniversitarios” , me dejó pensando. Más allá del caso puntual que describe, revela una paradoja que se repite en muchos espacios: instituciones que predican la sustentabilidad, pero actúan sin planificación ni criterio frente a su propio entorno verde.
En cualquier
universidad —tenga o no una escuela vinculada a los árboles o los bosques—
debería primar el juicio técnico y la acción planificada. No se trata de
oponerse al manejo o incluso al reemplazo de ejemplares: cuando hay árboles
enfermos o con riesgo estructural, actuar es parte de la responsabilidad. Pero
intervenir sin diagnóstico, sin plan de reemplazo y sin escuchar a quienes
saben, es otra cosa. Es improvisación disfrazada de gestión.
Los árboles
en un campus no son decorativos. Son parte del paisaje cultural, de la
identidad institucional y de la calidad ambiental de quienes estudian y
trabajan ahí. Por eso sorprende ver que decisiones que afectan directamente ese
patrimonio se tomen con liviandad, muchas veces por criterios administrativos y
no técnicos.
Y lo más
inquietante es que esto no ocurre solo en una universidad. Es un reflejo de
algo más amplio: de cómo, como sociedad, seguimos entendiendo al árbol como
un obstáculo y no como un aliado. Si el conocimiento disponible no logra
orientar las decisiones dentro de los espacios donde se genera —¿cómo esperamos
que se respete fuera de ellos?
Porque si en
la casa de Bello no se respeta la ciencia… entonces, como dice el refrán, en
casa del herrero, cuchillo de palo.
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