domingo, 26 de octubre de 2025

En casa de Bello, cuchillo de palo

La reciente columna de Julio Torres Cuadros, El desprecio a los árboles alcanza los campusuniversitarios, me dejó pensando. Más allá del caso puntual que describe, revela una paradoja que se repite en muchos espacios: instituciones que predican la sustentabilidad, pero actúan sin planificación ni criterio frente a su propio entorno verde.

En cualquier universidad —tenga o no una escuela vinculada a los árboles o los bosques— debería primar el juicio técnico y la acción planificada. No se trata de oponerse al manejo o incluso al reemplazo de ejemplares: cuando hay árboles enfermos o con riesgo estructural, actuar es parte de la responsabilidad. Pero intervenir sin diagnóstico, sin plan de reemplazo y sin escuchar a quienes saben, es otra cosa. Es improvisación disfrazada de gestión.

Los árboles en un campus no son decorativos. Son parte del paisaje cultural, de la identidad institucional y de la calidad ambiental de quienes estudian y trabajan ahí. Por eso sorprende ver que decisiones que afectan directamente ese patrimonio se tomen con liviandad, muchas veces por criterios administrativos y no técnicos.

Y lo más inquietante es que esto no ocurre solo en una universidad. Es un reflejo de algo más amplio: de cómo, como sociedad, seguimos entendiendo al árbol como un obstáculo y no como un aliado. Si el conocimiento disponible no logra orientar las decisiones dentro de los espacios donde se genera —¿cómo esperamos que se respete fuera de ellos?

Lo que duele no es la poda, sino la falta de criterio.
Lo que preocupa no es el reemplazo, sino la ausencia de planificación y de diálogo entre la técnica y la gestión.
Y lo que decepciona es que, teniendo el conocimiento a mano, se elija no aplicarlo.

Porque si en la casa de Bello no se respeta la ciencia… entonces, como dice el refrán, en casa del herrero, cuchillo de palo.

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