Veamos qué sonidos hay en el día a día aparte de los mencionados arriba:
Música. Seguro todos disfrutamos de la música. En mi caso, el metal: heavy, thrash y esas cosas que muchos llaman ruido, o peor aún, tarros. No se preocupen, no emitiré juicio sobre la música actual... aunque creo que se lo imaginan.
Hay un vecino que tiene parlantes con ruedas (creo que a eso lo llama "auto") y ahora se compró una moto que, por el ruido que hace, parece a cuerda. Unas dudas sobre las motos: ¿ninguna enciende a la primera? ¿Es obligatorio acelerarlas para apagarlas? ¿Las usan como timbre? ¿Los dueños de motos que hacen eso son estúpidos?
También está el sonido de las cortadoras de pasto. ¿Les gusta el aroma del pasto recién cortado? A mí sí, pero el sonido de las máquinas no tanto. Lo mismo pasa con los ladridos de los perros: a veces solo uno ladra, porque está solo, tiene hambre o se asustó, y a veces parece que se ponen de acuerdo para hacerlo en coro. Molesta, sí, pero al menos ellos entienden cuando los haces callar, no como muchos ciudadanos dueños de motos o autos.
En calles y avenidas, el susurro del ir y venir de vehículos particulares, la locomoción colectiva, las sirenas de emergencia, uno que otro ciclista con un parlante amarrado a la “bici” y el “sonido” de motos y autos que parecen propulsados por motosierras.
Es curioso cómo, cuando el bullicio de la vida moderna se detiene, emergen sonidos que siempre han estado ahí, a menudo ignorados: el canto de las aves que habitan nuestros parques, el susurro del viento entre los edificios, el crujir de las hojas bajo nuestros pies. Y así, de pronto, el ruido se convierte en un espacio para el reencuentro con la ciudad en su forma más natural, como si ella misma comenzara a tocar una melodía tranquila, una composición siempre presente, pidiendo ser escuchada.
Pero incluso en la noche más calma, la ciudad nunca está en completo silencio. Aunque no haya tránsito ni voces, aún se perciben los sonidos de la infraestructura que la mantiene funcionando las 24 horas: el zumbido de los transformadores eléctricos, el murmullo de los refrigeradores y aparatos en reposo, el eco lejano de una sirena, el tic-tac del reloj de pared. Es un silencio que no es tal, un murmullo persistente que nos recuerda que la ciudad nunca duerme por completo.
Más allá de nuestra percepción del ruido, este es un problema regulado en Chile. La normativa vigente establece límites de emisión y define qué se considera molesto, con sanciones para quienes los sobrepasen. Según la Dirección del Trabajo, los empleadores deben garantizar condiciones laborales que minimicen la exposición a ruidos excesivos. Por otro lado, la legislación sobre ruidos molestos detalla los horarios y condiciones en los que ciertos sonidos pueden ser sancionados, desde el volumen de la música hasta el uso de maquinaria en zonas residenciales. Sin embargo, como muchas leyes, su aplicación depende tanto de la fiscalización como de la voluntad de la comunidad para denunciar y hacer valer su derecho al descanso.
Existe una efeméride denominada Día Internacional de Concienciasobre el Ruido, que se celebra el último miércoles de abril y nos invita a reflexionar sobre esta dualidad. Apreciamos los sonidos agradables de nuestra ciudad, pero también debemos tomar conciencia de los efectos del ruido constante y su impacto en nuestra salud y el entorno. Al reducir el ruido, podemos crear un espacio más armónico y saludable, donde los sonidos naturales puedan ser escuchados una vez más, dejando que la ciudad se exprese en su propia melodía... claro, si es que tenemos tiempo para escucharla entre tanto caos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario