domingo, 27 de abril de 2025

Fast food silvestre: el menú urbano que nadie pidió

Entre desperdicios humanos, la naturaleza se adapta... pero a veces, demasiado.

Creo que nadie se escapa de darse el gusto, o incluso de habituarse, a comer lo que llamamos comida rápida o comida chatarra. Esa que está repleta de sabores intensos y que, según entiendo, también de grasas, colorantes y varios artificios más que estimulan nuestras ganas de volver a comerla. Algo adictivo hay, sin duda. Y como toda adicción, a mediano, largo plazo genera daños, y también en nuestra forma de alimentarnos, haciéndonos comer apurados, sin pensar mucho, solo por el placer inmediato y bien sabemos que comer por placer o a la rápida no es necesariamente sinónimo de alimentación.

¿Quién no ha sucumbido ante un completo bien mojado como los talquinos, unas hamburguesas con papas fritas y un “cuánto hay”? A mí ya se me hace agua la boca... No soy nutricionista, así que no me meteré en detalles técnicos, pero algo tengo claro: esa comida tiene una ventaja en los tiempos que corren. Es fácil de encontrar.

Pensemos ahora en los animales silvestres. Esos que deben pelear por su alimento. A veces pasan días sin comer. Eso, claro, cuando no han descubierto aún los beneficios que la vida moderna tiene reservados también para ellos: los basurales.

Sí, los basurales. Esos cerros donde se acumula “comida” sin que nadie la reclame. Restos de ciudades enteras, desperdicios diarios que además se transforman en refugios. Desde insectos hasta mamíferos encuentran ahí un espacio, un hogar. Y qué hogar: uno que crece día a día, alimentado por nosotros con trozos de todo —plásticos, comida, zapatos, vidrios, telas, electrodomésticos—, y que la naturaleza transforma en madrigueras, nidos, rincones. Lo mismo ocurre con los perros callejeros, que rebuscan entre los restos lo que quizá nunca les dio su amo. Gaviotas que hacen de los desechos su buffet diario. Y claro, ¿qué pasa cuando una especie encuentra comida y refugio permanente? Exacto: crece su población. Y lo que antes pasaba desapercibido comienza a notarse.

Hoy, por ejemplo, la Gaviota dominicana está causando estragos en las operaciones del aeropuerto de Santiago. O pensemos en los ratones, esos sí que no pasan inadvertidos cuando aumentan. Se convierten en vectores de enfermedades, afectando directamente nuestra salud.

Y no todo ocurre en los grandes vertederos. A veces basta con dejar la bolsa de basura en la calle, mal cerrada, al alcance de perros hambrientos. Perros que no conocen de horarios ni de normas municipales. Solo conocen el hambre y que ven en nuestro descuido la manera de sobrevivir.

Vertederos y basurales que al igual que los locales de comida rápida hay en todas partes, grandes, pequeños, legales y clandestinos, algunos unos modernos donde manda la separación de residuos y el reciclaje, otros donde el orden lo manda lo que cae primero, en algunos incluso se extrae gas, lo que indica la enorme cantidad de residuos orgánicos que en ellos existe y por ende las enormes posibilidades de supervivencia y de ampliar su número que damos a fauna que luego nos genera problemas y que por ende miramos con desprecio.

Quizás la próxima vez que veamos a una gaviota entre los escombros, o a un perro hurgando bolsas en la calle, valga la pena preguntarnos quién alimentó esa escena.

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