domingo, 11 de mayo de 2025

¿Árboles peligrosos o malas decisiones?

En Chile, el cuidado y manejo de los espacios públicos recae principalmente en los municipios. Son ellos quienes deben velar porque calles, plazas y equipamientos comunitarios estén en condiciones aceptables y lo más “usables” posible. Es decir: aceras sin hoyos, juegos sin óxido, y árboles sanos, no enfermos ni podridos, que puedan representar un riesgo para la población —o, como se dice ahora, los “usuarios”.

Pero la realidad es otra. Muchos municipios no cuentan con los recursos suficientes ni con personal capacitado para estas tareas. A eso se suma la responsabilidad compartida: como ciudadanos, rara vez cuidamos lo que es de todos. ¿O acaso alguien tiene los sillones de su casa en el estado en que están algunos escaños de plazas públicas?

Por eso no sorprende ver, en casi todas las ciudades del país, árboles desganchados, con la corteza arrancada, raíces expuestas, troncos perforados para colgar carteles o improvisar bancas bajo su sombra. Todo eso los debilita mucho más rápido que el paso natural del tiempo.

A eso sumémosle malas prácticas de riego, tránsito constante de personas y vehículos, o podas excesivas que terminan por dañar el árbol en vez de ayudarlo. Así, ejemplares que en condiciones normales podrían resistir hongos, insectos u otros agentes junto a adversas condiciones del medio, se vuelven vulnerables y entran en decadencia.

El problema es que, culturalmente, solemos asociar un árbol grande y de tronco recto con uno sano. Como si lo “añoso” fuera sinónimo de bienestar. Y no. Con el tiempo —y sin los cuidados necesarios— el arbolado urbano pierde aquello que lo hace valioso: copa frondosa, ramas firmes, sombra agradable. Ya no sirve, aunque haya sido testigo de generaciones enteras o lleve un corazón grabado con las iniciales de un amor adolescente. (Dato curioso: ese corazón también se rompe con los años, cuando el tronco crece en diámetro. Ojo con las promesas eternas en cortezas temporales.)

Ahora, ¿existen árboles peligrosos? La pregunta suena tan absurda como hablar de razas de perros peligrosos. Pero no lo es tanto. Al igual que nuestras mascotas, la vegetación urbana requiere de cuidados adecuados —lo que técnicamente llamamos manejo— para desarrollarse bien y mantener las cualidades por las que fue elegida.

Un árbol peligroso no depende de la especie (aunque no todas son aptas para ciudades), sino de cómo ha sido gestionado. ¿Ramas que tocan el tendido eléctrico? Peligro. ¿Raíces que levantan aceras? Peligro. ¿Polen que genera alergias? Peligro. (Ojo nada contra el plátano oriental, que hoy sabemos mayoritariamente es plátano hispánico, es más lo encuentro un gran árbol que da sombra en verano y deja pasar los rayos solares en otoño invierno cuando la sensación de frio nos hace pedir a gritos algo que nos conforte).

También lo es aquel cuyas ramas cuelgan sobre techos o por dónde camina la gente. Las ramas enfermas se notan: la corteza se suelta, cambian de color, pierden firmeza. Y si el chileno promedio mide 1,70 m, todo árbol con ramas por debajo de esa altura debería estar en observación. No vaya a ser que, como yo, terminen víctimas de una verde cachetada.

Lo cierto es que no deberíamos hablar de árboles peligrosos, sino de manejo deficiente. Y si a eso le sumáramos un poco más de conocimiento, atención, y sentido común… esta nota no existiría.

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