Al caer la tarde en Talca, cuando baja el sol y las temperaturas comienzan a exigir abrigo, una cortina de humo desciende sobre la ciudad. No es niebla, ni neblina. Es humo. Un humo que muchas veces no se ve, pero se siente: se cuela por las ventanas, se pega a la ropa, irrita los ojos, molesta en la garganta y se huele con fuerza. Un humo que se repite cada otoño e invierno y que, sin embargo, parece invisible para las autoridades.
La norma ambiental vigente prohíbe expresamente la emisión de humos visibles. Pero lo invisible también contamina. Que no se vea no significa que no exista: el material particulado fino entra en nuestras vías respiratorias, se adhiere a las mucosas nasales, a los ojos y hasta a la piel. Lo saben bien quienes tienen enfermedades respiratorias, pero también lo sienten los niños, los adultos mayores y cualquiera que salga a caminar por la ciudad en una noche de otoño.
El sitio oficial del Ministerio del Medio Ambiente (airechile.mma.gob.cl) indica la calidad del aire en distintas ciudades del país por ejemplo que es “regular”. Pero ese término técnico no alcanza a describir lo que realmente vivimos. La ciudad se cubre de un aire denso, con olor a leña mal quemada, producto de calefactores sin certificación y del uso de leña húmeda, que no sólo es ineficiente energéticamente hablando, sino altamente contaminante.
Es cierto: muchas familias no tienen más alternativa que la leña. Por eso no basta con fiscalizar, se necesita también acompañar, educar y ofrecer opciones reales y accesibles. Tampoco podemos seguir haciendo como si nada pasara. Respirar aire limpio no puede ser un privilegio ni una excepción.
Talca y otras ciudades del país no pueden seguir normalizando el humo como si fuera parte del paisaje. Porque el aire no tiene dueño, y el derecho a respirarlo limpio nos pertenece a todos.

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