En lo que podría decir es la primera parte (ver Desertificación y...) de esta reflexión abordamos cómo la desertificación, más que un fenómeno natural, es consecuencia de decisiones humanas. En Chile, más del 75% del territorio se encuentra afectado por algún grado de erosión. No es solo el norte el que se seca: la desertificación avanza hacia el sur, como un cáncer silencioso que va consumiendo suelos, quebradas y vidas.
Esta realidad se agrava con cada
temporada de incendios forestales, cada bosque sustituido, cada napa
agotada por el sobreconsumo de agua. Todo este deterioro tiene un
origen común: el abandono de los territorios y de las personas que
los habitan. Zonas rurales empobrecidas, sin apoyo técnico ni
financiero, condenadas a prácticas de subsistencia que, aunque
comprensibles, siguen profundizando el daño.
La restauración ecológica surge entonces no como una alternativa romántica, sino como una necesidad impostergable. No basta con declarar intenciones o adherirse a metas internacionales si no se traducen en acciones concretas y sostenidas. Chile ha firmado compromisos, pero la restauración no debe ser solo una tarea de Estado. También es una tarea ciudadana, comunitaria, territorial.
En el secano costero, en la precordillera, en quebradas urbanas, hay experiencias de restauración en marcha. Pequeños viveros locales, asociaciones vecinales, brigadas de reforestación, agrupaciones escolares. A menudo son esfuerzos invisibles, pero profundamente valiosos. Es desde ahí donde debe emerger una nueva ética del cuidado.
Y esta ética tiene raíces profundas en nuestra historia. Hace más de un siglo, en el secano costero de la Región del Maule, el visionario Federico Albert lideró la monumental tarea de fijar las dunas móviles de Chanco. Estas dunas amenazaban con sepultar el pueblo y sus cultivos, pero su ingenio y perseverancia transformaron un paisaje estéril y devastador en un bosque que hoy persiste. Es un testimonio vivo de que la restauración es posible y, más que una opción, un deber.
Restaurar no es simplemente plantar un árbol. Es preguntarse qué árbol, en qué lugar, en qué tiempo. Es pensar en el agua, en los polinizadores, en las personas. Es desandar el camino de la erosión, paso a paso, semilla a semilla.
La restauración ecológica no es un lujo técnico ni un proyecto de ONG; es una forma de reconciliación con la tierra que hemos agotado. No se trata solo de plantar árboles: se trata de devolverle dignidad a los suelos, a los ciclos del agua, a la vida que una vez fue desplazada.
En Chile, la erosión ya no es una amenaza futura, es una memoria que se deshace frente a nuestros ojos. Lo escribió Neruda desde Malleco:
“Volví a mi tierra verde y ya no estaba, ya no estaba la tierra, se había ido. Con el agua hacia el mar se había marchado.” —Pablo Neruda, Oda a la erosión en la provincia de Malleco
La pregunta no es si el desierto avanzará. La pregunta es si lo seguiremos permitiendo. Porque hoy, cuando comunidades luchan por el agua, por el suelo o por un árbol, muchas veces son tratadas como amenazas.
Y como nos recuerda Rayen Kvyeh: “Luchar contra la desertificación y erosión de la madre tierra es ser terrorista.”
Entonces, si defender la vida es un acto radical, que nos llamen radicales.
Porque no hay restauración sin resistencia.

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