domingo, 29 de junio de 2025

Mal tiempo, peores ciudades

Creo que la mayor parte de la gente se refiere a la lluvia como mal tiempo e imagino es porque nos impide realizar actividades normales de nuestra vida, bien podría decirse que cuando hace calor también hay mal tiempo, pero creo que nadie osaría decir tamaña barbaridad, cuando hay sol la gente sale, en los meses de sol la gente piensa en vacaciones, yo cada vez más en incendios forestales, mal tiempo por ende. Pero vamos al fondo del asunto, no será que la asociación de “mal” está errada, la lluvia riega los campos, los bosques, rellena o mantiene lo acuíferos, reverdece la naturaleza, que está adaptada tanto a distintos niveles de lluvia como también, claro, a su ausencia. La lluvia es desde el comienzo del “no tiempo” parte del devenir de la tierra, sin ella buena parte de los paisajes con los cuales nos maravillamos no existirían, es más los arco iris no existirían al menos no como los conocemos.

La lluvia es agua, el agua moja, y cuando estamos mojados nos resfriamos y eso es malo, pero que el resfrío sea malo no hace que la lluvia también lo sea. La lluvia es agua y esta cuando se acumula forma pozas que al ser “pasadas a llevar por un vehículo” puede mojar a los peatones que están en la acera y eso es malo, que el conductor del vehículo sea un tarado no hace que la lluvia sea mala; La lluvia moja y puede anegar casas. Que esas casas no tengan mantención adecuada no hace que la lluvia sea la mala de la historia. Pero tampoco se trata de culpar ciegamente a quien vive ahí. Hay gente que quiere reparar, que sabe que su techo gotea, que ve cómo el agua sube por la pared… pero no tiene con qué. Y cuando falta el dinero, cuando el Estado no aparece o solo lo hace después del desastre, el problema deja de ser individual y pasa a ser político, estructural. El deterioro no siempre es abandono: muchas veces es pobreza. La lluvia lo único que hace es recordarlo. Que agua lluvia se acumule y no infiltre no la hace mala, malas son las ciudades.

Veo el proyecto de remodelación de la Diagonal Isidoro del Solar y lo primero que salta a la vista es más cemento. Probablemente sumen árboles —siempre lo prometen—, pero si el agua no infiltra, se acumula. Y cuando eso pase, no culparán al diseño ni al municipio, culparán a la lluvia. Es la cadena absurda de siempre. Lo cierto es que esa zona de Talca no necesita un rediseño lleno de pavimento nuevo ni bancas “modernas”, necesita una buena mantención: árboles que se conserven, pavimentos que se reparen, desagües que funcionen, suelos que respiren. Pero eso no luce en los renders. Que se destinen $1.500 millones —unos 1,5 millones de dólares— a embellecer una avenida céntrica puede no parecer mucho, pero dice bastante sobre dónde están las prioridades: más cemento, más escurrimiento, menos suelo vivo.
Y luego, cuando el agua inunde o moleste, otra vez, la culpa será de la lluvia.

Además, la densidad poblacional en muchos sectores urbanos agrava estos problemas. Cuando las ciudades están sobrepobladas, con pocas áreas verdes y deficiente infraestructura, no solo la lluvia genera estragos, sino también otros elementos del clima que se intensifican: olas de calor que aumentan la sensación térmica, vientos que arrasan sin obstáculos, y sequías que golpean más fuerte por la falta de gestión del agua. Así, el problema no es solo la naturaleza, sino cómo la urbanización mal planificada expone a las personas a estos riesgos.

Un último factor, pero no menos importante, es que muchos sectores periféricos carecen de sistemas adecuados de evacuación de aguas, lo que multiplica los riesgos de inundaciones y anegamientos. A esto se suma la escasez de vegetación que favorezca la infiltración del agua lluvia, dejando al suelo desnudo y sin capacidad para absorber el exceso hídrico. Estas deficiencias no solo exponen a las personas a los daños directos, sino que también dificultan la recuperación ambiental y urbana posterior.

Lo que falta no es dinero. Falta perspectiva.
Porque una ciudad bien diseñada no combate la lluvia: convive con ella. Y también con su ausencia.

Una ciudad bien pensada se deja mojar, se deja secar… sin que nadie salga perdiendo.


Nota al pie:
¹ "No tiempo" como forma de evocar poéticamente un momento anterior a la noción humana del tiempo: el origen natural de las cosas, antes de relojes, calendarios y pronósticos.

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