La reforestación y la forestación son prácticas cada vez más valoradas en nuestro país y el mundo. Sin embargo, no siempre se comprende bien la diferencia entre plantar bosques nativos o especies de rápido crecimiento, ni el papel que cumple cada uno en el territorio, en la economía y en el ambiente.
Para empezar, la FAO considera las plantaciones forestales como un tipo de bosque. Su definición es técnica: basta con que un terreno tenga al menos una hectárea, árboles maduros que alcancen más de dos metros y una cobertura superior al 10% para calificar como bosque, sin importar si se trata de un ecosistema diverso o un monocultivo. Este criterio es útil para estadísticas globales, pero puede generar confusión. Muchas veces se interpreta que estamos “recuperando bosque” cuando en realidad estamos aumentando la superficie de plantaciones que no son equivalentes en biodiversidad, resiliencia ni función ecológica a un bosque nativo.
Para mí, todos los bosques tienen valor, pero no todos cumplen la misma función. Las plantaciones —aunque muchas veces vistas con desconfianza— también son bosques, en el sentido más amplio: proveen madera, energía y productos que la sociedad necesita para su desarrollo, como la construcción y otras industrias. Las especies de rápido crecimiento cumplen un rol productivo, mientras que los bosques nativos son llamados a conservar y restaurar la biodiversidad, los servicios ecosistémicos y la capacidad de adaptación ambiental, que no es otra cosa que evolución.
El error está en confundir la existencia de plantaciones con la restauración de ecosistemas naturales. Un bosque nativo es irreemplazable en términos de diversidad biológica y funcionalidad ecológica, y es el que realmente puede recuperar un ecosistema degradado. Por eso, la reforestación con especies nativas debe ser prioritaria en programas de restauración ambiental.
Y es bajo esa mirada que afirmo: todos los bosques importan, aunque no todos sean iguales. Esta afirmación implica reconocer que cada tipo de bosque cumple una función particular en nuestro entorno. Mientras los bosques nativos mantienen y restauran la biodiversidad, protegen el suelo, regulan el ciclo del agua y sostienen la vida silvestre, las plantaciones de rápido crecimiento proveen madera, energía y materia prima para industrias que son necesarias para nuestra economía y calidad de vida.
Este equilibrio no siempre es sencillo de alcanzar, especialmente cuando la presión por obtener recursos es alta y las políticas públicas pueden favorecer opciones más inmediatas y rentables. La madera de las plantaciones es fundamental, y su uso estratégico evita la degradación de los bosques nativos. No se trata de que no se pueda hacer papel de especies nativas, sino de que no es la forma más eficiente, sostenible y menos dañina para el ecosistema en su conjunto si consideramos la escala de consumo actual. Entender la complementariedad y la función de cada tipo de bosque nos ayuda a diseñar estrategias más responsables y sostenibles, que no sacrifiquen la conservación en nombre del desarrollo, ni ignoren las necesidades productivas de la sociedad.
Por eso, más allá de etiquetas o posturas extremas, es fundamental avanzar con un enfoque que valore la diversidad de bosques y los integre en un manejo integrado del territorio. Solo así podremos enfrentar los desafíos ambientales actuales, conservando y restaurando ecosistemas nativos y aprovechando, a la vez, los beneficios que ofrecen las plantaciones bien gestionadas.

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