domingo, 27 de julio de 2025

El sobregiro ecológico de la humanidad

Cada año, la humanidad entra en números rojos. No financieros —aunque esos también sobran—, sino ecológicos. Y en 2025, ese sobregiro ocurrió en julio.

¿Qué significa esto? Que en solo siete meses consumimos todos los recursos naturales que el planeta puede regenerar en un año completo: agua dulce, suelos fértiles, peces, bosques, aire limpio. A partir de aquí, estamos gastando lo que no tenemos. Es como si una familia agotara su sueldo anual en julio y viviera el resto del año con tarjetas, créditos y favores. Así vivimos, como si tuviéramos otro planeta esperando.

Este día que se conoce como el Día del Sobregiro de la Tierra (Earth Overshoot Day) y es calculado por la Global Footprint Network. Marca el momento en que la demanda de la humanidad supera la capacidad que tiene la Tierra para regenerar sus recursos y absorber nuestros residuos, especialmente el carbono. Y cada año, llega antes.

En los años 70, este sobregiro ocurría en diciembre. En 1990, ya era en octubre. Ahora lo enfrentamos en pleno invierno del sur, cuando muchos ni siquiera han terminado de pagar los gastos del verano.
Nuestro estilo de vida —altamente consumista, urbano, veloz— no está alineado con los ritmos del planeta. Queremos frutas fuera de estación, ropa nueva cada temporada, envíos en 24 horas y viajes en avión como si no costaran nada… olvidando que todo tiene un costo, y lo estamos pagando con sequías, incendios, extinciones y desigualdad ambiental.

Uno de los ejemplos más claros es el carbono que arrojamos a la atmósfera. Emitimos gases de efecto invernadero en una cantidad muy superior a la que bosques, océanos y suelos pueden absorber. Aunque plantáramos millones de árboles, no alcanzaríamos a compensar esas emisiones si no reducimos drásticamente el consumo de combustibles fósiles. Es el típico caso de intentar tapar un agujero haciendo otro.

El sobregiro no es uniforme en todo el mundo. Si toda la humanidad viviera como en ciertos países, algunos ya estarían en números rojos mucho antes del promedio global. Por ejemplo:

  • Qatar, donde hace unos años se jugó un mundial de fútbol : febrero — ¡En solo 40 días consumirían todo el año!

  • Luxemburgo: mediados de febrero

  • Emiratos Árabes Unidos: marzo

  • Estados Unidos y Canadá, donde se jugará el próximo mundial de fútbol: marzo

  • Alemania, Francia, España: mayo

  • Chile, 17 de mayo — Entramos en sobregiro antes de la mitad del año.

  • Indonesia, Ecuador, Jamaica: diciembre

Esto refleja algo que casi nunca se dice: los países más ricos y con mayor consumo sobregiran primero, mientras que otros, generalmente más pobres o con economías menos industrializadas, apenas logran llegar a fin de año dentro del límite planetario.
Chile, pese a ser considerado un país en desarrollo, ya actúa como una economía que vive a crédito con la naturaleza. Su sobregiro, el pasado 17 de mayo, confirma que estamos más cerca del modelo de consumo insostenible que del equilibrio ambiental. Sobre esto ya reflexioné en mi nota Chileen sobregiro ecológico, porque no es solo una fecha: es un llamado de alerta.

No hay tarjetas verdes que nos salven. El cambio no será solo técnico ni de consumo individual; necesita voluntad política, justicia ecológica y una redefinición profunda de lo que llamamos "progreso". Hay casos dramáticos que debieran hacernos entrar en razón y no lo hacemos, como las verdaderas montañas de ropa usada en pleno desierto de Atacama o la isla de plástico, conocida como la gran mancha de Basura del Pacífico.

Mientras tanto, cada uno puede —y debe— reducir su huella: comer más en casa, aunque eso moleste a los dueños de locales de comida, moverse más a pie o en bici, reutilizar y reciclar más, plantar árboles, exigir políticas públicas sostenibles , y sobre todo, dejar de actuar como si el planeta fuera un cajero automático sin saldo. Mucho de esto no está solo en manos del ciudadano de a pie, sino en las decisiones colectivas y en las autoridades, que deben garantizar ciudades menos segregadas. Porque esa desigualdad, al final, también daña aún más “la roca” que habitamos.

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