domingo, 13 de julio de 2025

La primavera se acerca: entre el renacer y la barbarie urbana

Poco a poco los días se alargan, señal de que la primavera llegará en unos meses más. Esa estación en la que gran parte de la naturaleza parece renacer, llenando de verde y otros colores no solo los campos, praderas y montañas, sino también nuestras a menudo inhóspitas ciudades. La primavera nos tocará con su magia a todos: algunas personas se enamorarán y otras, claro, sufrirán las alergias, de las que ya sabemos culparán al plátano oriental.

La estación "del amor" comenzará lentamente su devenir, despertando cada semilla dormida, cada pupa enterrada que pronto emergerá convertido en un hermoso San Juan o en una frágil mariposa. Antes, tocará las yemas de las plantas las que poco a poco se convertirán en hojas y flores, que llamarán a los polinizadores y otros animales que de ellas dependen (y viceversa). Pero también se encontrará con los vestigios de la barbarie humana: árboles que durante los meses de otoño e invierno fueron duramente castigados, como si no disfrutaran de la sombra que nos proporcionan.

En mi habitual recorrido a mi sesión semanal con el kinesiologo, tomo el colectivo, me voy adelante si el asiento está vacío o si alguna persona gentil me lo cede. Desde allí, voy contemplando la vegetación de la ciudad. Así pasan melias, arces, robinas, liquidámbares,tulipaneros, plátanos orientales y otras especies que si tuvieron la mala suerte de ser plantados en la vereda que lleva los postes, fueron con suerte mal podados. Pero la mayor parte de ellos no tuvo tanta suerte y fueron segados sin más miramiento que la altura a la que había que dejar las ramas. Ramas que ni siquiera tienen la decencia de retirar, dejándolas bajo los mismos árboles, quizás a la espera de que se conviertan en abono.

¿Quiénes son los responsables? Un conflicto de atribuciones y prioridades

Saquemos de la ecuación al operador de la motosierra y del camión horquilla; ellos solo hacen un trabajo para el cual fueron contratados. Aunque quizás podría existir algún miramiento ético que los hiciera desistir de esa labor... claro que eso solo ocurriría en un mundo. Pero como eso no ocurre, los culpables son principalmente dos actores, inmersos en un conflicto de atribuciones y prioridades:

Las compañías a cargo de la transmisión eléctrica y de datos: Dueños y arrendatarios de postes. A ellos se les paga por mantener el continuo abastecimiento de electricidad y datos, no por mantener el arbolado. Y aquí es donde la normativa les da amplias facultades: la Ley General de Servicios Eléctricos (LGSE) y sus reglamentos les otorgan el derecho y la obligación de podar la vegetación que amenaza la seguridad de sus redes y la continuidad del servicio. La prioridad es la integridad del suministro, y esto, lamentablemente, a menudo se traduce en podas severas y antiestéticas, sin considerar técnicas arborícolas adecuadas. Se amparan en la seguridad y la normativa, pero la ejecución suele ser brutal.

Los municipios: Estos son los dueños del espacio público, el mobiliario urbano, las plazas, los parques y todo lo que en ellos está, incluidos los árboles. Y parece que poco les importa lo que se hace con estos últimos. Por un lado, se ven incapaces de detener la barbarie de las podas. Por el otro, tampoco se observan acciones que apunten al reemplazo de los árboles dañados. No digo "tratamiento" porque sería pedirle peras al olmo. Hablo de un reemplazo que apunte a cambiar el tipo de árbol que, irremediablemente, tendrá que convivir con los cables.

El dilema de los cables en desuso y la urgencia de la acción

Existe una ley, la N° 21.172, que desde 2019 "obliga" a las compañías de telecomunicaciones a retirar los cables en desuso. Sin embargo, su implementación ha sido lenta debido a la falta de un reglamento claro que especifique procedimientos y plazos. Y mientras estos cables permanecen enredados, no solo afean el paisaje, sino que uno casi se pregunta cómo es que las aves urbanas no se querellan por ser privadas de lugares donde posarse. Una ironía que bien podría ser una triste realidad.

No me refiero solo a plantar más árboles en otros lados como si de medidas de mitigación se tratase —por cierto, siempre es bueno plantar árboles, nativos, exóticos, de ambos —. Se trata de mantener el verdor de ciudades que en verano se funden por las olas de calor. El desafío es doble: lograr podas que respeten no solo la forma, sino salud y por ende la vida del árbol y empujar a las compañías y municipios a trabajar juntos por un arbolado urbano más sano y seguro para todos.

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