domingo, 10 de agosto de 2025

Niños felices, mejores adultos

Creo que el título de esta nota dice todo lo que quiero expresar. Parece algo obvio, ¿verdad? Sin embargo, tal vez esa obviedad sea la razón por la que como sociedad fallamos a decenas, cientos, quizá miles de niños y niñas. Niños que parecen requerir un bautismo social para no cargar con los pecados de los adultos, aquellos pecados que, muchas veces, queremos que ellos remedien.

Comencemos por lo básico. Una familia —ya sea monoparental, heterosexual u homosexual— siempre tiene en mente lo mejor para los niños que viven bajo su cuidado. Lo fundamental: alimentación, abrigo, salud y, sobre todo, cariño. La expresión más sencilla de ese cariño es la protección y, al mismo tiempo, guiar al niño en sus primeros pasos, ayudarlo cuando cae, aconsejarlo cuando camina y orientarlo cuando duda. Y, en medio de todo, disfrutar cada uno de sus logros, de sus sueños, de sus avances.

Aunque parezca simple, en la práctica no lo es. Cada vez esta tarea se vuelve más difícil por lo complejo, incluso convulso, que se ha vuelto el mundo. Muchas familias carecen de los recursos básicos para cubrir las necesidades de los niños. Para algunos, regalar un juguete en Navidad o en el cumpleaños puede significar endeudarse o frustrarse por no poder cumplir ese deseo. Afortunadamente, aún existen regalos sencillos, como una bicicleta, que alegran mucho a los niños, aunque cada día son más caros.

El costo de la vida influye mucho, claro está. Hay aspectos que debería proveer el Estado: salud, educación, seguridad. Pero, tristemente, hemos visto cómo algunos sinvergüenzas roban recursos destinados para el bienestar infantil, incluso aquellos que deberían ir a jardines infantiles públicos, a los que muchos niños asisten sin costo alguno.

No basta con que quienes dirigen o aspiran a dirigir el Estado lancen frases rimbombantes sobre la infancia: “los niños primero”, “invertir en la primera infancia”, sin que existan acciones o planes concretos que realmente respalden esas palabras. Es tiempo de dejar atrás los discursos vacíos y asumir una responsabilidad real como sociedad —aunque esta última también puede convertirse en una frase rimbombante si no se traduce en hechos.

Hoy, en Chile viven cerca de 4,5 millones de niños, niñas y adolescentes, lo que representa el 24% de la población total del país. Cada uno de ellos es portador de derechos fundamentales y merece crecer en entornos que les permitan desplegar plenamente su potencial.

En los últimos años, Chile ha dado pasos importantes en la construcción de un sistema más robusto para la protección de la infancia. Un hito relevante fue la promulgación de la Ley 21.430 en 2022, que establece un estatuto de garantías y protección integral de los derechos de la niñez y adolescencia. Esta ley obliga al Estado a crear un marco de políticas, instituciones y servicios enfocados en respetar, promover y restaurar los derechos de los niños, en especial para quienes se encuentran en situaciones de desventaja social, económica o familiar.

Entre las principales iniciativas públicas destaca el subsistema “Chile Crece Más” (antes conocido como Chile Crece Contigo), que acompaña a los menores desde el primer control de gestación hasta los 18 años, con programas universales y apoyos focalizados para los más vulnerables. Estas medidas van desde el apoyo en el desarrollo biopsicosocial, ayuda a recién nacidos, salud mental infantil, hasta la inclusión social de niños en situación de discapacidad.

Además, existen instituciones claves como la Defensoría de la Niñez, encargada de vigilar los derechos fundamentales, y el Servicio de Protección Especializada, que desde 2021 protege a quienes han sido gravemente vulnerados en sus derechos. También hay programas específicos para la protección frente al abuso, la violencia intrafamiliar y el trabajo infantil.

La felicidad de los niños no es solo un derecho ni una meta inmediata, sino la base sólida sobre la que se construyen mejores adultos y, por ende, una sociedad más justa, empática y resiliente. Cuando un niño cuenta con amor, protección, seguridad y oportunidades para soñar y crecer, se le están entregando herramientas fundamentales para la vida.

Sin embargo, aunque en principio podría parecer lógico que niños felices crezcan para ser mejores adultos, la realidad es mucho más compleja. La vida está llena de variables y circunstancias —experiencias personales, contextos sociales, apoyos continuos, retos y decisiones— que no siempre permiten que esa felicidad infantil se traduzca automáticamente en un adulto ideal o libre de heridas.

Esto no significa un fracaso de la felicidad infantil, sino que evidencia la necesidad de un compromiso colectivo que acompañe y apoye a las personas durante toda su vida, no solo en la infancia. La felicidad y el bienestar en la niñez son fundamentales, pero para que estas bases se conviertan en adultos plenos y resilientes, es indispensable asimismo generar continuidad en el cuidado, la educación, la comprensión y el apoyo emocional a lo largo de toda la vida.

Por eso, nuestra obligación como adultos no termina en procurar la felicidad de los niños; debe extenderse a crear un entorno social, educativo y cultural que permita que esa felicidad sea el punto inicial de un camino sostenido de desarrollo personal y social. Si queremos dejar una huella significativa, que esta sea por la alegría y bienestar de nuestros niños, porque en esa felicidad reside también nuestro verdadero futuro. 

Los invito a conocer el Texto de la Convención sobre los Derechos del Niño

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