La Región del Maule, reconocida por su riqueza agrícola y natural, enfrenta un desafío creciente: la presión sobre sus humedales, ecosistemas esenciales que regulan el agua, albergan vida y protegen a las comunidades. Uno de los casos más visibles es el del Parque Ferial del Maule en Talca, un megaproyecto que, más allá de ser un espacio para eventos, incluye un casino, hotel y restaurantes. Construido en terrenos cercanos al Humedal del Cajón del Río Claro y Estero Piduco, ha generado preocupación por su posible impacto en la capacidad de este humedal para manejar las aguas, aumentando el riesgo de inundaciones para quienes viven cerca. La empresa promotora asegura que su diseño sobre pilotes minimizará impactos, pero la oposición de comunidades y expertos ha sido constante. Tiempo atrás me referí a este problema en Apuesta peligrosa: el nuevo casino en Talca y el humedal olvidado.
La alerta
ambiental en Talca se ha visto reforzada por una reciente decisión judicial: la Corte de Apelaciones responsabilizó a la
Municipalidad de Talca por la falta de protección en un humedal urbano y ordenó
la creación de una ordenanza en un plazo máximo de 90 días. Este fallo
marca un precedente importante, pues reconoce que las autoridades locales
tienen un rol activo e ineludible en la protección de estos ecosistemas y que
la omisión puede derivar en responsabilidades legales.
Lamentablemente,
no es el único conflicto en el Maule. En Linares, el Humedal Putagán sufre por
intervenciones que buscan drenarlo o rellenarlo con fines agrícolas o
constructivos. Aunque no se trata de megaproyectos, la ausencia de
fiscalización ha permitido daños significativos a la flora y fauna, impulsando
a la comunidad a organizarse para su defensa.
Estos
conflictos son parte de un fenómeno nacional. En otras regiones, como el
Biobío, el Humedal Paicaví enfrenta proyectos inmobiliarios que amenazan su
biodiversidad y elevan el riesgo de licuefacción del suelo. En la Región
Metropolitana, el Humedal de Quilicura ha estado en medio de disputas legales
por la instalación de una planta de aguas servidas. En Valparaíso, humedales
costeros clave como Mantagua, El Yeco y la Quebrada Borinquén sufren rellenos
ilegales y expansión urbana. Más al sur, en Puerto Montt, el Humedal Mallinko
Abtao Lawal fue escenario de una tragedia cuando viviendas construidas sobre él
colapsaron, evidenciando los peligros de ignorar la función natural de estos
ambientes.
A pesar de la
Ley de Humedales Urbanos de 2020, los ecosistemas siguen siendo vulnerables
frente a intereses económicos, falta de fiscalización y vacíos legales. Sin
embargo, son también santuarios de vida: en Talca, el Cajón del Río Claro
alberga aves como el Siete Colores y el Pidén, anfibios como el Sapito de
Cuatro Ojos y la Rana Chilena —especie vulnerable—, y reptiles como la Culebra
de Cola Larga. El Paicaví acoge más de 30 especies de aves, mamíferos acuáticos
y peces en peligro. Quilicura sorprende con fauna adaptada al entorno urbano,
mientras que Mantagua destaca por su biodiversidad, con mamíferos vulnerables y
aves migratorias. Incluso humedales pequeños como Putagán forman parte de un
entramado vital, conectando hábitats de especies amenazadas como el Ruil,
Queule y Pitao.
A esta presión
humana se suma el cambio climático, que provoca sequías prolongadas,
alteraciones en la salinidad, marejadas costeras y pérdida de biodiversidad.
Paradójicamente, los humedales son aliados clave frente a estos mismos
problemas: actúan como esponjas en lluvias intensas, liberan agua en períodos
secos y almacenan carbono de manera más eficiente que muchos bosques. Turberas,
manglares y pastos marinos son verdaderas reservas de carbono que ayudan a
frenar el calentamiento global.
Es increíble
que, mientras se avanza en la protección de humedales —Valdivia ya es la
primera ciudad humedal de Sudamérica—, algunos actores se apresuren a
explotarlos antes de que cualquier declaratoria oficial se los impida. Casos
como el de Talca muestran que la omisión de las autoridades puede derivar en
sanciones judiciales, pero también que existe un camino legal y social para
exigir su resguardo.
Invitar a la
reflexión sobre estos desafíos y la riqueza natural que enfrentan es esencial.
Comunidades, autoridades y empresas deben asumir que proteger los humedales no
es un lujo ambiental, sino una estrategia de supervivencia. Porque en sus aguas
y tierras descansa parte de la salud del planeta y de nuestra calidad de vida.

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