domingo, 24 de agosto de 2025

Cuando florecen los ciruelos y falta el agua: señales antes del 18

Desde hace unas semanas comenzó la cuenta regresiva para las Fiestas Patrias, aunque en rigor esta corre desde el 1 de enero. La televisión repite hasta el cansancio la importancia de la fecha en términos de celebración y esparcimiento, pero casi nada del contexto histórico. Lo seguro es que, como cada año, veremos a los periodistas preguntar a peatones distraídos: ¿qué se celebra el 18 y 19 de septiembre? Algo similar pasa con el Día del Niño, donde poco se habla de los derechos de la infancia. La idea parece ser mantenernos en la superficie, sin preguntas ni reflexión. 

Mientras tanto, comienzan los preparativos: los atuendos de huasos y chinas para los niños en el colegio, el disfraz de los animadores de matinales –porque eso son, disfraces–, la discusión sobre el tipo de carne, cómo encender el carbón, los pasos de cueca y un largo etcétera que, en verdad, poco importa. Con tanta antelación no quiero ser el grinch de las Fiestas Patrias; me gusta la celebración, me gusta ver calles y casas embanderadas y a la gente feliz.

Mientras, bajo nuestras narices y sobre nuestras cabezas, algo mucho más hermoso ocurre: los primeros brotes, las primeras floraciones en la ciudad. Son, en su mayoría, especies exóticas: ciruelos y aromos que colorean las calles. Fácil es imaginar cómo estarán tiñéndose las lomas de los cerros, llenándose poco a poco de vida. Ese espectáculo, que debiera alegrarnos, también esconde una sombra: este año podría terminar con déficit de precipitaciones. Ya hay embalses bajo lo normal y el cambio climático nos recuerda que lo que ayer era normal hoy pertenece a otro escenario completamente distinto.

En este contexto, he escuchado cosas que rayan en lo ridículo. Una meteoróloga, de esas que parecen haberse dejado comer por la TV, celebraba con entusiasmo: “tendremos temperaturas cálidas durante toda la semana”. En agosto, en pleno invierno, esa no es una buena noticia. Las altas temperaturas derriten antes de tiempo la nieve acumulada, agotando los reservorios naturales de flora y fauna nativas, y también los que sostienen a la agricultura de la cual depende buena parte de nuestra subsistencia.

La señal es inequívoca: el fantasma de la sequía sigue acechando. Los medios deberían dejar de disfrazar la realidad con sensacionalismo y entretención, y darle la urgencia que merece. Aunque fuera una sola vez por programa, bastaría con recordar que no debemos desperdiciar agua, que es necesario reducir emisiones domésticas, que debemos ser cuidadosos si celebramos al aire libre —la primavera es disfrute, pero también hay mayor riesgo de incendios forestales— y, por cierto, que no hay nada “cool” en un auto botando humo por el escape.

Hace unos días vi la primera mariposa de la temporada. Era una de esas blancas, con manchas grises en las alas, la clásica mariposa de ciudad. Revoloteaba junto a otra como si estuviera perdida, y creo entenderla: busca flores y encuentra rejas, busca flores y encuentra cemento, busca flores y encuentra basura. Años atrás veía esa mariposa junto a la de color ladrillo; juntas revoloteaban en jardines, patios y plazas de la zona central de Chile.

Estoy en Talca y recordé que, en mi infancia, junto a esas mariposas aparecían en las noches los llamados San Juanes, y poco después los pololos, los de seis patas con alas. Hace años que no los veo, como hace años que cada vez veo menos mariposas. Lo que sí veo es más cemento, más árboles mutilados, más ciudades convertidas en ollas a presión desde mediados de la primavera.

Quizá la verdadera señal de que la vida retorna no esté en los asados ni en las fondas, sino en volver a ver a esos insectos que alguna vez nos acompañaron y que hoy parecen ausentes. Porque cuando ellos vuelvan, tal vez lo haga también la esperanza de un equilibrio que hemos perdido.

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