Cuando se acusa que salvar el planeta es un negocio, conviene preguntarse: ¿no será más rentable destruirlo? En tiempos de crisis climática, ignorar la biodiversidad no es opción.
En época electoral se ha vuelto costumbre desacreditar maliciosamente al adversario. Se emiten juicios que, por redes sociales, se propagan como el olor del pan recién salido del horno. Afirmaciones que, pudiendo ser ciertas, se sacan de contexto para crear una realidad paralela en la que no existe un adversario: existe un enemigo. Y a ese enemigo no se le reconoce —aunque los tenga— mérito ni razón alguna. Solo valen los méritos y razones de los míos. No hay debate, solo evasivas o ambigüedades. Mientras tanto, por detrás se sigue construyendo un relato funcional al objetivo: hacerse del poder.
La frase suena fuerte: ¿quién podría sospechar que el verdadero oro está en contar arañas o medir la humedad de un humedal? Cualquiera pensaría que quienes se hacen millonarios son los biólogos de terreno, los arqueólogos con lupa o los profesionales que redactan informes interminables.
Mientras tanto, los otros —los que arrasan humedales o desvían un
río en un verano— parecieran hacerlo solo por amor al arte.
Más allá de la ironía, lo que está en juego es un tipo de negacionismo blando: no se niega el cambio climático ni la pérdida de biodiversidad, pero se desacreditan las soluciones. La estrategia es clara: ridiculizar la amplitud de los estudios, insinuar que son “trabas”, y poner en duda las motivaciones de quienes participan.
Sí, existe un mercado de consultorías ambientales, como también lo hay en salud laboral, en seguridad industrial o en construcción. Poduje, arquitecto, debería saberlo bien: son actividades profesionales necesarias, no negocios espurios.
Porque cuando un proyecto ignora su impacto sobre biodiversidad,
agua o patrimonio cultural, los costos se disparan después. Y ahí los paga toda
la sociedad: ríos contaminados, sequías, pérdida de suelos fértiles, memoria
cultural borrada.
El verdadero negocio
Si reducimos todo a negocio, comparemos números:
Salvar el planeta: cuesta, sí, pero genera empleo, innovación, reputación y, sobre todo, asegura que los ecosistemas sigan funcionando.
Destruirlo sin control: da ganancias rápidas a unos pocos, pero reparte pérdidas inmensas entre todos.
¿Quién tiene, entonces, el negocio más rentable?
Decir que salvar el planeta es un negocio es como acusar a los bomberos de lucrar con los incendios. El fuego lo encienden otros; ellos solo intentan que no terminemos calcinados.
Así que sí, salvar el planeta es negocio. El único donde las utilidades no se miden en dólares, sino en agua, aire limpio y futuro. Y frente al otro “negocio” —el de destruir—, la decisión es simple: perder el planeta no es opción.
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