domingo, 12 de octubre de 2025

Flora y fauna: solo necesitan de nuestra admiración

Recuerdo haber visto la “noticia” de una persona que le daba cerveza a un elefante como si fuese algo bueno para el animal. Lo que sabemos no es, y lo que demuestra es el total desprecio de algunas personas por la vida animal y vegetal en el planeta —sin contar a aquellos que incluso desprecian la vida humana—. Lo comentado es un extremo entre las cosas que los seres humanos no debemos hacer con la flora y fauna nativa que nos rodea. Es más, creo que en Chile eso sería maltrato animal

Y ¿qué es lo que no podemos o no debemos hacer cuando nos encontramos en presencia de flora y fauna? Partamos por la vegetación. Esta, al ser por naturaleza sésil —es decir, incapaz de moverse por medios propios—, no puede escapar de los factores del medio que pudieran afectarla negativamente, como olas de calor o la sequía, que ya sabemos tienen a mal traer a especies esclerófilas nativas de nuestro país. Y eso que estas están adaptadas para tolerar esas inclemencias. Obviamente tampoco puede escapar de la herbivoría, y menos mal que así, porque de poder hacerlo no existiría la cadena trófica de la cual dependemos todos los animales de la Tierra. Lo anterior es lo natural, forma parte de las interacciones básicas entre especies y entre especies y el medio. Pero su naturaleza inmóvil también las deja expuestas a la acción irracional del ser humano.

Este año florecerá el desierto en lo que llamamos desierto florido, un espectáculo natural sin igual en el planeta. De seguro muchos querrán ir a conocerlo. La mayoría usará senderos, mantendrá la distancia y tomará fotografías que atesorará y compartirá en sus redes sociales. Pero algunos no resistirán la tentación de arrancar una flor —“¿qué es una flor?”, dirán. Simple: es cosa de multiplicar uno por miles o decenas de miles—. Otros sentirán las ganas de tomarse una foto en medio de la vegetación: “total, es solo una foto”. Mismo ejemplo: una foto por miles de personas. Y quizá algunos correrán entre la vegetación con sus mascotas, con el agravante de no recoger las fecas del perro. Eso daña el ecosistema: un perro por cientos de perros.

Por su parte, los animales —la gran mayoría— pueden moverse, buscar alimento y agua, escapar de depredadores, incluido el ser humano. Más allá de la relación depredador-presa que el ser humano pudiera establecer con otras especies, si es por alimentación no se podría objetar dicha práctica. Así como no podemos cuestionar ni horrorizarnos al ver a un puma alimentándose de un pudú. La naturaleza es dura y opera seleccionando a los más aptos. Se podría pensar que la capacidad de arrancar salva a los animales salvajes de la negativa interacción con el ser humano. Pero, como tenemos más cosas en común de las que creemos —una de ellas la curiosidad—, muchos terminan acercándose peligrosamente a nosotros. Y claro, también está el hambre, la fuerza que mueve a las especies.

El ser humano, aparte de curioso, es invasivo. Cuando va a un ambiente donde hay especies de flora y fauna trata de interactuar con ellas más allá de lo recomendable. Ofrecen o dejan alimento a aves y mamíferos. Pero los animales silvestres buscan, recolectan y cazan su alimento, y dentro de este no hay nada parecido a un pedazo de pan con mortadela, trozos de fruta o snacks. El ser humano también disfruta acariciando a sus mascotas y tiende a pensar que gran parte de la fauna es como ellas. Y NO LO SON. El ser humano necesita acercarse para lograr la mejor foto y en ese proceso altera muchas veces —sin remedio— el hábitat de insectos, roedores y otros animales invisiblemente presentes en un paraje. Hay casos que rayan en lo patético, como querer acercarse a las ballenas más allá de lo recomendable. No sea que alguna recuerde que es pariente lejana de Moby-Dick. En ese caso, el único en peligro sería el hombre, por negligente y soberbio.

Cabe aclarar: hay especialistas que sí manipulan flora y fauna, pero lo hacen con fines de conocimiento, protección o conservación, y bajo protocolos estrictos. No se trata de eso aquí, sino de la manipulación recreativa o irresponsable que hacemos como visitantes.

De estas líneas se desprende lo que no debemos hacer cuando tenemos la oportunidad de acercarnos a la naturaleza: no alimentar; no tocar ni maltratar; no andar a alta velocidad en carreteras rurales o donde se sepa que hay fauna que pudiera cruzar; no colectar flores, semillas, bulbos o plantas completas. En resumidas cuentas: solo contemplar, alterando lo menos posible la existencia de estas criaturas.

Al final, tanto la flora como la fauna no necesitan de nuestra lástima ni de nuestra intervención. Solo necesitan de nuestra ausencia, o al menos de nuestra mínima presencia. Lo único que nos piden es admiración.

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