Y ¿qué es lo que no podemos o no debemos
hacer cuando nos encontramos en presencia de flora y fauna? Partamos por la
vegetación. Esta, al ser por naturaleza sésil —es decir, incapaz de moverse por
medios propios—, no puede escapar de los factores del medio que pudieran
afectarla negativamente, como olas de calor o la sequía, que ya sabemos tienen
a mal traer a especies esclerófilas nativas de nuestro país. Y eso que estas
están adaptadas para tolerar esas inclemencias. Obviamente tampoco puede escapar
de la herbivoría, y menos mal que así, porque de poder hacerlo no existiría la
cadena trófica de la cual dependemos todos los animales de la Tierra. Lo
anterior es lo natural, forma parte de las interacciones básicas entre especies
y entre especies y el medio. Pero su naturaleza inmóvil también las deja
expuestas a la acción irracional del ser humano.
Este año florecerá el desierto en lo que
llamamos desierto florido, un espectáculo natural sin igual en el planeta. De
seguro muchos querrán ir a conocerlo. La mayoría usará senderos, mantendrá la
distancia y tomará fotografías que atesorará y compartirá en sus redes
sociales. Pero algunos no resistirán la tentación de arrancar una flor —“¿qué
es una flor?”, dirán. Simple: es cosa de multiplicar uno por miles o decenas de
miles—. Otros sentirán las ganas de tomarse una foto en medio de la vegetación:
“total, es solo una foto”. Mismo ejemplo: una foto por miles de personas. Y
quizá algunos correrán entre la vegetación con sus mascotas, con el agravante
de no recoger las fecas del perro. Eso daña el ecosistema: un perro por cientos
de perros.
Por su parte, los animales —la gran
mayoría— pueden moverse, buscar alimento y agua, escapar de depredadores,
incluido el ser humano. Más allá de la relación depredador-presa que el ser
humano pudiera establecer con otras especies, si es por alimentación no se
podría objetar dicha práctica. Así como no podemos cuestionar ni horrorizarnos
al ver a un puma alimentándose de un pudú. La naturaleza es dura y opera
seleccionando a los más aptos. Se podría pensar que la capacidad de arrancar
salva a los animales salvajes de la negativa interacción con el ser humano.
Pero, como tenemos más cosas en común de las que creemos —una de ellas la
curiosidad—, muchos terminan acercándose peligrosamente a nosotros. Y claro,
también está el hambre, la fuerza que mueve a las especies.
El ser humano, aparte de curioso, es
invasivo. Cuando va a un ambiente donde hay especies de flora y fauna trata de
interactuar con ellas más allá de lo recomendable. Ofrecen o dejan alimento a
aves y mamíferos. Pero los animales silvestres buscan, recolectan y cazan su
alimento, y dentro de este no hay nada parecido a un pedazo de pan con
mortadela, trozos de fruta o snacks. El ser humano también disfruta acariciando
a sus mascotas y tiende a pensar que gran parte de la fauna es como ellas. Y NO
LO SON. El ser humano necesita acercarse para lograr la mejor foto y en ese
proceso altera muchas veces —sin remedio— el hábitat de insectos, roedores y
otros animales invisiblemente presentes en un paraje. Hay casos que rayan en lo
patético, como querer acercarse a las ballenas más allá de lo recomendable. No
sea que alguna recuerde que es pariente lejana de Moby-Dick. En ese caso, el
único en peligro sería el hombre, por negligente y soberbio.
Cabe aclarar: hay especialistas que sí
manipulan flora y fauna, pero lo hacen con fines de conocimiento, protección o
conservación, y bajo protocolos estrictos. No se trata de eso aquí, sino de la
manipulación recreativa o irresponsable que hacemos como visitantes.
De estas líneas se desprende lo que no
debemos hacer cuando tenemos la oportunidad de acercarnos a la naturaleza: no
alimentar; no tocar ni maltratar; no andar a alta velocidad en carreteras
rurales o donde se sepa que hay fauna que pudiera cruzar; no colectar flores,
semillas, bulbos o plantas completas. En resumidas cuentas: solo contemplar,
alterando lo menos posible la existencia de estas criaturas.
Al final, tanto la flora como la fauna no
necesitan de nuestra lástima ni de nuestra intervención. Solo necesitan de
nuestra ausencia, o al menos de nuestra mínima presencia. Lo único que nos
piden es admiración.

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