En Chile, cada cierto tiempo —y
desde hace mucho— vuelve a escucharse un concepto tan incómodo como real: “cesantes
ilustrados”.
El que usamos para describir a profesionales con formación, experiencia y ganas
de aportar, que sin embargo se ven fuera del mercado laboral. No por falta de
mérito, sino porque el sistema parece no saber qué hacer con ellos.
No
se trata de personas que no quieren trabajar; se trata de personas a quienes el
país dejó de mirar. Ingenieros, docentes, técnicos, consultores. Gente que se
formó creyendo que el conocimiento era un camino seguro hacia la estabilidad y
el aporte social. Pero en el Chile actual, eso dejó de ser una promesa.
Es
más: las universidades abrían carreras con más y más vacantes, sin medir las
consecuencias que esto traería. Saturación del mercado laboral por exceso de
oferta de profesionales. Las mismas universidades, institutos profesionales y
centros de formación técnica crearon carreras de dudoso mercado; a otras tantas
les agregaron el “prefijo ingeniería” para hacerlas más atractivas para los
egresados de la enseñanza media.
Mientras eso ocurría, no solo el conocimiento daba saltos enormes: el acceso a
este también aumentó, la técnica mejoró, y con ello la eficiencia, que redujo
la necesidad de personas en labores antes altamente demandantes.
Hoy
el fenómeno se ha profundizado.
La automatización, la precarización del empleo, los contratos por proyecto, la
obsesión por “jóvenes con experiencia” y la ausencia de políticas reales de
reinserción profesional han creado una generación de profesionales que viven
entre la frustración y la nostalgia.
No son parte de la “brecha digital”, pero sí de una brecha social que los
invisibiliza.
Y
como si eso no fuera suficiente, vino el mazazo final: la gratuidad de la
educación superior para gran parte del universo de postulantes.
Ello eliminó el riesgo a perder la inversión que significa estudiar una carrera
profesional —y conste que solo hablo de aranceles, porque hay costos paralelos:
materiales, alimentación, alojamiento en el caso de no vivir donde se estudia.
Ese golpe tiene cara y sello. Por un lado, da más acceso a jóvenes que quizá no
hubieran podido ingresar a la educación superior, y también los hace guiarse
más por vocación, haciendo más atractivas de estudiar profesiones que de otra
manera no lo serían.
Pero la cara negativa es que la educación superior no garantiza empleabilidad.
Recuerdo
una frase de un profesor:
“La
universidad no puede —ni debe— garantizar empleo para sus egresados.”
Mucho
sentido le encontraba yo a eso. Pero hoy vemos cómo casi todas las casas de
educación superior tienen unidades especializadas en buscar u ofrecer empleos a
sus titulados.
Cuando
el cartón no garantiza el futuro, surge una pregunta incómoda:
¿Qué
valor real tiene la educación en un país que no ofrece espacio para ejercerla?
La
meritocracia, tan invocada en los discursos oficiales, se desvanece frente a la
realidad del mercado laboral. Tener estudios, especializaciones o posgrados no
asegura estabilidad, y muchas veces se convierte en un peso más que en una
ventaja.
Ser
un cesante ilustrado en Chile es vivir con la contradicción de haber cumplido
todas las reglas del juego, pero quedar igual fuera de la cancha.
Es enfrentar entrevistas donde la edad, la salud o el tipo de experiencia pesan
más que las capacidades. Es ver cómo la vocación se transforma en resistencia.
El
país no puede seguir desperdiciando su capital humano. Hay una generación
entera que aún quiere aportar, innovar, enseñar, investigar. Pero necesita
oportunidades reales, políticas inclusivas y un cambio cultural que deje de
asociar el valor profesional solo con la juventud o la productividad inmediata.
Porque
al final, el desarrollo no se mide solo en cifras, sino en la capacidad de
integrar y dignificar el conocimiento humano.
Nota personal:
Hace unos años yo mismo formaba parte del mundo profesional activo, pero de
manera independiente —freelance, nos gustaba llamarnos.
Ejercí como docente, como consultor en temas sanitarios, y me gustaba pensar
que hacía bien mi trabajo. Me movía la vocación, el gusto por enseñar, por
compartir lo aprendido.
Pero la vida cambió el paso: la espondilosis anquilosante se instaló sin pedir
permiso, y poco a poco fue limitando mis movimientos, mi energía, mis proyectos.
No fue un golpe inmediato, sino un desgaste lento y progresivo que muchas veces
agota.
Y mientras el país siga
midiendo el valor de las personas por sus títulos o su productividad,
seguiremos repitiendo, casi como un eco generacional una estrofa de una canción
que dice más menos así:
“Será
un ingeniero —dice el abuelo—,
un gran arquitecto sería perfecto.
Y si es un artista, ¡qué horror, un bohemio!
Mejor una niña que cumpla mis sueños.
Que siga la huella de Jesús Nazare…
no, no, mejor empresario, será millonario,
un doctor famoso, un físico loco.”
— Pancho Puelma, “Esperando a nacer”
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