domingo, 30 de noviembre de 2025

Cesantes ilustrados en Chile: el talento que el sistema no quiere ver

En Chile, cada cierto tiempo —y desde hace mucho— vuelve a escucharse un concepto tan incómodo como real: “cesantes ilustrados”.

El que usamos para describir a profesionales con formación, experiencia y ganas de aportar, que sin embargo se ven fuera del mercado laboral. No por falta de mérito, sino porque el sistema parece no saber qué hacer con ellos.

No se trata de personas que no quieren trabajar; se trata de personas a quienes el país dejó de mirar. Ingenieros, docentes, técnicos, consultores. Gente que se formó creyendo que el conocimiento era un camino seguro hacia la estabilidad y el aporte social.
Pero en el Chile actual, eso dejó de ser una promesa.

Es más: las universidades abrían carreras con más y más vacantes, sin medir las consecuencias que esto traería. Saturación del mercado laboral por exceso de oferta de profesionales. Las mismas universidades, institutos profesionales y centros de formación técnica crearon carreras de dudoso mercado; a otras tantas les agregaron el “prefijo ingeniería” para hacerlas más atractivas para los egresados de la enseñanza media.
Mientras eso ocurría, no solo el conocimiento daba saltos enormes: el acceso a este también aumentó, la técnica mejoró, y con ello la eficiencia, que redujo la necesidad de personas en labores antes altamente demandantes.

Hoy el fenómeno se ha profundizado.
La automatización, la precarización del empleo, los contratos por proyecto, la obsesión por “jóvenes con experiencia” y la ausencia de políticas reales de reinserción profesional han creado una generación de profesionales que viven entre la frustración y la nostalgia.
No son parte de la “brecha digital”, pero sí de una brecha social que los invisibiliza.

Y como si eso no fuera suficiente, vino el mazazo final: la gratuidad de la educación superior para gran parte del universo de postulantes.
Ello eliminó el riesgo a perder la inversión que significa estudiar una carrera profesional —y conste que solo hablo de aranceles, porque hay costos paralelos: materiales, alimentación, alojamiento en el caso de no vivir donde se estudia.
Ese golpe tiene cara y sello. Por un lado, da más acceso a jóvenes que quizá no hubieran podido ingresar a la educación superior, y también los hace guiarse más por vocación, haciendo más atractivas de estudiar profesiones que de otra manera no lo serían.
Pero la cara negativa es que la educación superior no garantiza empleabilidad.

Recuerdo una frase de un profesor:

“La universidad no puede —ni debe— garantizar empleo para sus egresados.”

Mucho sentido le encontraba yo a eso. Pero hoy vemos cómo casi todas las casas de educación superior tienen unidades especializadas en buscar u ofrecer empleos a sus titulados.

Cuando el cartón no garantiza el futuro, surge una pregunta incómoda:
¿Qué valor real tiene la educación en un país que no ofrece espacio para ejercerla?

La meritocracia, tan invocada en los discursos oficiales, se desvanece frente a la realidad del mercado laboral. Tener estudios, especializaciones o posgrados no asegura estabilidad, y muchas veces se convierte en un peso más que en una ventaja.

Ser un cesante ilustrado en Chile es vivir con la contradicción de haber cumplido todas las reglas del juego, pero quedar igual fuera de la cancha.
Es enfrentar entrevistas donde la edad, la salud o el tipo de experiencia pesan más que las capacidades. Es ver cómo la vocación se transforma en resistencia.

El país no puede seguir desperdiciando su capital humano. Hay una generación entera que aún quiere aportar, innovar, enseñar, investigar. Pero necesita oportunidades reales, políticas inclusivas y un cambio cultural que deje de asociar el valor profesional solo con la juventud o la productividad inmediata.

Porque al final, el desarrollo no se mide solo en cifras, sino en la capacidad de integrar y dignificar el conocimiento humano.

Nota personal:
Hace unos años yo mismo formaba parte del mundo profesional activo, pero de manera independiente —freelance, nos gustaba llamarnos.
Ejercí como docente, como consultor en temas sanitarios, y me gustaba pensar que hacía bien mi trabajo. Me movía la vocación, el gusto por enseñar, por compartir lo aprendido.

Pero la vida cambió el paso: la espondilosis anquilosante se instaló sin pedir permiso, y poco a poco fue limitando mis movimientos, mi energía, mis proyectos.
No fue un golpe inmediato, sino un desgaste lento y progresivo que muchas veces agota.

Y mientras el país siga midiendo el valor de las personas por sus títulos o su productividad, seguiremos repitiendo, casi como un eco generacional una estrofa de una canción que dice más menos así:

“Será un ingeniero —dice el abuelo—,
un gran arquitecto sería perfecto.
Y si es un artista, ¡qué horror, un bohemio!
Mejor una niña que cumpla mis sueños.
Que siga la huella de Jesús Nazare…
no, no, mejor empresario, será millonario,
un doctor famoso, un físico loco.”

— Pancho Puelma, “Esperando a nacer”

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