miércoles, 11 de marzo de 2026

Cambio en el equipo: sale Boric, entra Kast

Este 11 de marzo se produce el cambio de mando en Chile: deja la presidencia Gabriel Boric Font y la asume José Antonio Kast Rist. En jerga futbolera, sería un cambio llamativo: sale un puntero por izquierda y entra uno por derecha; distintos estilos, misma jineta de capitán.

Boric fue un capitán joven, con ganas de jugar bonito, de salir tocando desde el fondo y proponer un partido distinto. A ratos lo logró; otras veces, el partido se le fue de las manos, ya sea por errores propios, un camarín desordenado o rivales que supieron leerle el libreto. Kast llega con una promesa distinta: orden táctico, línea de cuatro firme, disciplina defensiva y pocos lujos. No promete espectáculo, sino resultado. No seduce con gambetas, sino con manuales y pizarras.

Boric: luces y sombras de una gestión compleja

El gobierno de Gabriel Boric puede leerse desde esa fórmula ya clásica —luces y sombras— que, aunque gastada, sigue siendo útil cuando se evita la caricatura.

Entre las luces, está haber asumido en un contexto particularmente adverso: crisis de confianza institucional, secuelas económicas y sociales de la pandemia, inflación, violencia en el sur y un sistema político fragmentado. En ese escenario, el gobierno logró cierta estabilidad macroeconómica, mantuvo el funcionamiento básico del Estado y, con el tiempo, moderó un programa inicial que chocó temprano con la realidad. También hubo aprendizajes: cambios de gabinete, correcciones de rumbo y una relación más pragmática con el Congreso que la que se insinuaba al inicio.

Entre las sombras, pesa el exceso de expectativas con que se llegó a La Moneda. El relato refundacional no resistió el contraste con la institucionalidad existente ni con un electorado que, plebiscito mediante, marcó límites claros. La falta de experiencia política del equipo original, los errores comunicacionales y una agenda que muchas veces pareció desordenada terminaron debilitando la capacidad de conducción. A ratos, el gobierno pareció ir detrás de los acontecimientos más que anticiparlos.

Boric quiso gobernar "jugando bonito", pero el partido fue más áspero de lo previsto. No todo fue improvisación, pero tampoco logró consolidar un proyecto claro de largo plazo. Su presidencia deja más preguntas que certezas, y un aprendizaje difícil de eludir: la voluntad de cambio, sin estructura ni mayorías sólidas, suele agotarse rápido.

A Boric, una vez fuera de La Moneda, le tocará una tarea que está muy por encima de cualquier cargo: es padre de una pequeña, Violeta, que aún no cumple un año. Más allá de cómo el tiempo juzgue su paso por la presidencia —y de una vida política de la que seguramente no se alejará—, corresponde desearle salud y felicidad junto a su familia. No como gesto político, sino como algo básico, humano y necesario.

Kast: luces y sombras antes del pitazo inicial

En el caso de José Antonio Kast, hablar de luces y sombras no puede entenderse como una evaluación de gestión, porque el partido aún no comienza. Lo que existe son señales tempranas: la conformación del gabinete, los equipos que se anuncian y las prioridades que se dejan entrever incluso antes de asumir.

Entre las luces, aparece una estructura de gobierno que, al menos en lo formal, privilegia perfiles técnicos y experiencia administrativa. Hay una señal clara de orden, jerarquía y control político, algo que una parte importante del electorado venía demandando tras años de incertidumbre. El mensaje es nítido: menos épica, más administración; menos relato, más ejecución.

Entre las sombras, sin embargo, surgen preguntas legítimas. Algunas promesas de campaña ya muestran fisuras antes de que empiece el partido: la austeridad prometida contrasta con el costo de instalación en La Moneda y con la figura de un gabinete para la primera dama. En la misma línea, se comprometió a bajarse el sueldo a la mitad —hay numerosos registros de ello— y ahora lo desmiente. No es un buen arranque para un gobierno que se presenta como serio y ordenado.

En áreas sensibles como la ambiental, los nombres y enfoques anunciados refuerzan la idea de un retroceso en estándares de protección y de una mirada instrumental del territorio —algo que ya he abordado en notas anteriores y que difícilmente puede considerarse un detalle menor.

Más allá de lo doméstico, Kast asume en un momento internacional particularmente complejo. El orden multilateral está bajo tensión, los liderazgos globales se reorganizan y Chile —que históricamente ha privilegiado buenas relaciones con todos sin alinearse con nadie— deberá definir con cuidado su posición. El dato no es menor: más del 40% de las exportaciones chilenas tienen como destino China. Navegar ese escenario exige pragmatismo, independencia y altura de miras, virtudes que aún están por demostrarse.

Su ambigüedad en temas con sensibilidades históricas, como los derechos humanos, suma otra interrogante abierta. Si todo eso será suficiente para gobernar un país diverso y tensionado es una pregunta legítima, no un juicio cerrado.

Boric ya salió de la cancha. Desde ahora, de seguro mirará el partido desde lejos, con algo de nostalgia. Quizá no esté de acuerdo con el jugador que el pueblo chileno —el gran director técnico— puso en su reemplazo, pero no cuesta imaginar que, independiente de quién esté en cancha, desea lo mejor para el gran equipo llamado Chile.

Al jugador que ingresa, solo cabe desearle un buen desempeño, juego limpio y leal. El resultado, como siempre, lo dirá el marcador, pero el país no se juega un amistoso: se juega puntos reales, en una tabla larga y exigente, cuatro años en los que veremos si el cambio dio los resultados que la democracia indicó para nuestro país.

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