Varias veces me he encontrado en redes sociales una frase que se repite con entusiasmo:
“El peumo es la especie que salvará el mundo.”
Y pese a que considero al peumo un hermoso representante de la flora arbórea chilena, confieso que lo que me llamó la atención no fue el árbol, sino la frase.
¿Puede una especie salvar al mundo?
El peumo es un árbol noble. Nativo. Adaptado al clima mediterráneo. Resistente. Aporta sombra, alimento, estructura y paisaje. En ciertos territorios es parte del equilibrio ecológico y también de la memoria cultural, incluso en ciudades como Talca, donde aún resiste el más que centenario peumo de la Plaza de Armas, hoy en franca etapa de desmoronamiento.
Nada de lo anterior está en discusión.
Lo que sí me inquieta es la idea de que un árbol —cualquiera— pueda cargar sobre sus ramas la responsabilidad de “salvar el mundo”.
El peumo habita en quebradas húmedas y laderas sombrías, forma bosques densos o galerías, y puede encontrarse desde la costa hasta aproximadamente los 1.500 metros sobre el nivel del mar, asociado a especies del bosque esclerófilo como el boldo.
Entonces, cuando se dice que hay que plantar peumo, cabe preguntarse: ¿cómo?
¿Replicando su formación natural en zonas degradadas?
¿Estableciendo huertos para aprovechar mejor sus frutos, convirtiéndolo en monocultivo?
¿Fomentando su uso ornamental en ciudades?
Esa pregunta rara vez se responde. Y cuando no se responde el cómo, el entusiasmo corre el riesgo de transformarse en consigna.
Sabemos que los ecosistemas no funcionan por héroes individuales. Funcionan por interacción. Por redes. Por relaciones entre especies vegetales, animales, hongos y microorganismos. Es ese conjunto el que moldea las condiciones de vida, incluso para una especie tan particular como la humana.
La historia forestal —en Chile y en el mundo— muestra que cuando apostamos por una sola especie como solución total, simplificamos un sistema que nunca fue simple. A veces esa simplificación busca un beneficio específico: madera, celulosa, rendimiento. Y conocemos también los cuestionamientos hacia los monocultivos cuando la diversidad desaparece.
Entonces, ¿por qué el peumo y no el quillay u otra especie también nativa de Chile?
El quillay al igual que el peumo forma parte del bosque esclerófilo, también genera bosque, además aporta a la apicultura. Abejas, otro ser vivo que muchos consideran fundamental para la vida en el planeta.
Más que responder, sumaré consideraciones. La elección de una especie —cualquiera— debe considerar su capacidad de adaptarse no solo a las condiciones naturales históricas, sino a las actuales condiciones edafoclimáticas, marcadas por el cambio global. Solo así podrá prosperar y entregar los beneficios que esperamos.
¿Y qué ocurre en otros países?
¿Les regalaremos millones de semillas de peumo para que nos ayuden a salvar el planeta?
Probablemente no.
En la Patagonia argentina podrán recurrir a la lenga; en Perú y Bolivia, al cedro amazónico; en Alemania, a la haya europea; en China, al abeto chino; en Canadá, a la pícea boreal; en Rusia, al alerce siberiano; en Australia, a sus eucaliptos nativos y así podría seguir con una extensa lista de especies que en distintos países pueden ser consideradas como la o las que tienen el potencial de salvar al planeta.
Y aquí surge la pregunta ¿salvar al planeta de qué? , del calentamiento global, de la erosión, la crisis hídrica, de la supuesta escasez de alimentos, de la falta de materias primas sustentables para la construcción.
Tomo en cuenta lo anterior y no hay una especie a la que por si sola, podamos “pedirle” semejante tarea, pero si al conjunto de ellas, que es como siempre ha funcionado el planeta.
Todas dependen de su territorio y ninguna, por sí sola, tiene la capacidad de salvar el mundo.
Si algo puede ayudarnos a enfrentar la crisis climática y ecológica no es una especie milagrosa.
Pero no es casual que busquemos una especie que “salve el mundo”. Vivimos en una época que prefiere atajos: una tecnología que resuelva el clima, una ley que ordene décadas de desorden, una especie que compense siglos de intervención. La idea del árbol salvador encaja demasiado bien en esa lógica.
Plantar algo siempre parece acción. Es más, soy de los que sostiene que siempre es bueno plantar árboles, pero no a tontas y a locas ni respondiendo a gustos del momento, sino considerando el conocimiento que tenemos de cada especie, su territorio y su función dentro de un ecosistema.
Porque no toda acción es transformación.
El mundo no se deterioró por falta de una especie específica; se deterioró por decisiones acumuladas, por modelos productivos, por consumo y por desconexión. Nuestro error está en que, frente a problemas complejos, solemos preferir respuestas simples. A veces pueden ser acertadas, pero muchas veces solo resultan tranquilizadoras.
Y aquí es donde un árbol puede ser parte de la solución, pero un bosque bien manejado o conservado lo es mucho más.
Ninguna especie —por valiosa que sea— reemplaza el cambio cultural que requiere enfrentar una crisis ecológica global. Ahí el peumo deja de ser el protagonista y pasa a serlo la humanidad toda.
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