domingo, 29 de marzo de 2026

Guerras y el Medio Ambiente, el planeta también sangra

Cuando estallan los conflictos armados, la atención del mundo se vuelca, con razón, hacia las víctimas humanas: los muertos, los heridos, los desplazados. Sin embargo, existe otra víctima silenciosa que raramente aparece en los titulares: el medio ambiente. Los efectos ecológicos de las guerras modernas son profundos, duraderos y, en algunos casos, irreversibles.

Creo necesario reflexionar sobre está problemática no para evadir el conflicto sino más bien para ampliar el contexto de este.

El fin de semana del 7-8 de marzo, ataques de Israel y Estados Unidos sobre refinerías iraníes volvieron a poner en evidencia algo que rara vez se discute: cuando arde una refinería, no solo arde petróleo. Arden ecosistemas. Se liberan a la atmósfera toneladas de dióxido de carbono, hollín y compuestos tóxicos que no reconocen fronteras ni se detienen cuando se firma un alto al fuego.

Y eso sin considerar el impacto sobre los ecosistemas marinos: los ataques a buques en el Mar Rojo —uno de los mares más con mayor diversidad biológica y frágiles del planeta— generan derrames de fuel oil cuya toxicidad persiste mucho más que los titulares que los anuncian.

El daño ambiental de este conflicto, como el de tantos otros, ya está ocurriendo. Y nadie lo está contabilizando.

Suelos y aguas envenenados

Los campos de batalla se convierten en cementerios de metales pesados. El plomo, el mercurio y el uranio empobrecido —utilizado en ciertos tipos de municiones— impregnan el suelo y los acuíferos durante décadas. En Ucrania, estudios preliminares ya documentan niveles alarmantes de contaminación en zonas de combate intenso.

En Gaza, la destrucción masiva de infraestructura urbana ha liberado asbesto, residuos industriales y aguas servidas directamente al Mediterráneo oriental.

Estos contaminantes no respetan fronteras ni armisticios. Persisten en la cadena alimentaria —en el agua que se bebe, en los alimentos que se cultivan— mucho después de que los combates hayan cesado y pueden afectar no solo a la población humana, también la flora y fauna de la cual aunque muchas veces no lo percibimos así, depende la estabilidad de los ecosistemas en donde desarrollamos nuestra vida cotidiana.

Emisiones invisibles: la guerra y el clima

La guerra es uno de los procesos más intensivos en carbono que existen. Los incendios provocados por bombardeos en Ucrania liberaron millones de toneladas de CO₂ a la atmósfera. (Cifras a febrero de 2025 hablan de la emisión de poco menos de 230 millones de toneladas de CO2). La operación y el mantenimiento de ejércitos modernos consumen cantidades masivas de combustibles fósiles. Y una vez terminado el conflicto, la reconstrucción genera otra oleada de emisiones.

El costo climático de la guerra es real, aunque sistemáticamente ausente de los debates sobre política climática global.

Ecosistemas destruidos, sin posibilidad de recuperarse

Algunos casos recientes ilustran la magnitud del daño:

Ucrania: el derrumbe de la presa de Kajovka en 2023 inundó miles de hectáreas, destruyendo ecosistemas únicos del río Dniéper y humedales del Donbás que tardaron siglos en formarse.

Gaza: la destrucción de la franja costera amenaza directamente los ecosistemas marinos del Mediterráneo y la actividad pesquera de la que dependen miles de familias.

Sudán y el Sahel: el desplazamiento forzado de millones de personas ejerce una presión insostenible sobre ecosistemas frágiles, acelerando la deforestación y la desertificación.

La amenaza nuclear: el riesgo mayor

El conflicto en Ucrania ha puesto en jaque quince reactores nucleares activos. La central de Zaporiyia, ubicada en zona de combate, ha estado en múltiples ocasiones al borde de un incidente grave. Un accidente nuclear en este contexto representaría una catástrofe ambiental de proporciones comparables o superiores a Chernóbil, con consecuencias que se extenderían por generaciones y atravesarían fronteras nacionales.

El efecto más profundo: la guerra paraliza la acción climática

Más allá de los daños directos, el efecto quizás más grave es estructural: los países en guerra o bajo amenaza de conflicto desvían recursos, atención política y capital diplomático lejos de la agenda climática. La cooperación internacional —imprescindible para enfrentar el cambio climático— se fragmenta cuando el mundo está en guerra.

Un círculo vicioso que urge romper

Hay advertencias sobre lo que se denomina el "nexo clima-seguridad": el cambio climático genera conflictos —por escasez de agua, migraciones forzadas, disputa por recursos— y los conflictos, a su vez, aceleran el cambio climático. Es un círculo vicioso que se retroalimenta.

Pero seguro pasará como tantas advertencias científicas: quedará relegada e ignorada. Porque la política, la economía y —como quedó en evidencia en el conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos— incluso la fe, tienen sus propias órdenes. Y esas órdenes no incluyen reparar el daño. Solo dominar

La preocupación por las víctimas humanas de la guerra y la preocupación por el medio ambiente no son posiciones en tensión. Son, en última instancia, la misma preocupación: la de garantizar condiciones de vida dignas para las generaciones presentes y futuras.

Hablar del daño ambiental de las guerras no minimiza el sufrimiento humano. Lo amplifica. Quizá si debiéramos estar en guerra una en que todas las naciones atacan sin cesar la causa de las hambrunas, de la xenofobia y ciertamente de la crisis climática. Esas guerras sí merecen nuestra atención.

No hay comentarios:

Publicar un comentario