Qué felices somos al salir de nuestros hogares y contemplar como las aves vuelan se posan y “cantan”, ver como revolotean entre ellos, como construyen sus nidos; felices al detenerse unos segundos y ver su ir y venir cuando construyendo sus nidos, o en busca de alimento para ellos o sus polluelos.
Nada haríamos sin ellos, los cables y postes que tanto amamos y sin
los cuales no solo las aves no podrían practicar sus acrobacias o detenerse a
acicalarse o entibiarse con el escaso calor de rayos de sol del invierno, las
aves los aman por eso. En cambio nosotros los amamos porque los necesitamos
para que fluya la electricidad y los datos de los cuales depende nuestra
existencia, los amamos porque en primavera jugamos a esquivarlos con los volantines,
los amamos porque nos gusta decorarlos con zapatillas, amamos los cables y
postes por eso pintamos los troncos de color blanco para que se parezcan a
ellos. Amamos tanto a los cables que los liberamos de la presión de ramas que
en nada contribuyen a su estabilidad, es más estas sólo dan oxígeno, sombra y
reconozco que algunos son lindos, pero no son nada al lado de la majestuosidad
de los postes, y esas hermosas líneas que de lado a lado subrayan el paisaje de
las calles, los cables que parten la cordillera en 2, los que nos permite
apreciarla por partes, y así podría seguir.
Sólo resta felicitar a las compañías de electricidad y municipios que cortan a ras las ramas de los árboles, en cuyas cavidades más de algún pajarito podrá hacer nidos, más de alguien podrá dejar su basura, así no queda en la calle afeando aún más las veredas. Al fin de cuentas para sombra tenemos quitasoles y para refrescar el aire, ventiladores y aire acondicionado, y todo gracias nuestros queridos cables.
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