viernes, 20 de diciembre de 2024

y de pronto todo se nubló

Aviones y helicópteros surcan el cielo de Talca con una frecuencia inusual. No se trata de un espectáculo aéreo, sino del esfuerzo urgente para combatir un incendio forestal. Hasta donde sé, no hay ningún show en el aeródromo de Panguilemo. El ruido constante de las aeronaves, combinado con el de los helicópteros, trae consigo una sensación de alarma.

Hace un rato, la temperatura bajó ligeramente. Pensé que era por la nubosidad parcial anunciada en el pronóstico, pero al salir al patio y mirar hacia el horizonte, me doy cuenta de que esas "nubes" parecen salir del suelo: se trata de un incendio forestal. Los aviones pasan como cazas en busca de un enemigo invisible que devora todo a su paso, destruyendo vida, sean bosques nativos o exóticos, y dejando un suelo incapaz de resistir tanto calor.

Mientras helicópteros y camiones transportan a los brigadistas forestales, pienso en estas personas que arriesgan su vida para salvar no solo el patrimonio natural de todos, sino también los esfuerzos de vida de cientos, quizá miles, de compatriotas: su sustento, su hogar y sus lugares de esparcimiento. Al fin y al cabo, su vida misma.

En los últimos años, el discurso de las autoridades contra los causantes de incendios se ha endurecido. Los califican de criminales y desalmados, y no dudo que en privado añadan algunos chilenismos para expresar su indignación. Este discurso ha venido acompañado de nuevas legislaciones donde, al parecer, ha primado el sentido común por sobre los intereses políticos. Además, se ha aumentado el presupuesto para prevenir, controlar y extinguir incendios. Es destacable cómo, en estas situaciones, el Estado y los privados trabajan en solidaridad: nadie quiere que se queme el bosque, el campo o la pradera vecina. El fuego, como todo en la naturaleza, no reconoce límites ni fronteras.

Nuestra estropeada naturaleza nos regaló, por segundo año consecutivo, lluvias cercanas a lo normal. Esto benefició no solo a los agricultores, sino a la biodiversidad. Los cerros y valles se llenaron de un verde vibrante como hace tiempo no veíamos, un símbolo de buenos tiempos para la vida. Sin embargo, ese mismo verdor, al secarse, crea condiciones óptimas para la propagación de incendios forestales.

Ya no podemos excusar los incendios como "travesuras de niños" que salen al patio a observar el ir y venir de los aviones. Ahora, es imprescindible que los padres inculquen responsabilidad en sus hijos. Y si eso no ocurre, tal vez sea hora de que el Parlamento considere otra ley para abordar esta negligencia.

Quisiera ver más énfasis en la mitigación dentro de los proyectos de reforestación. Por otro lado, entiendo que el futuro Servicio Forestal Chileno está avanzando en su tramitación, lo que pondrá fin a décadas de trabajo de la CONAF. Hoy, esta corporación parece más enfocada en apagar incendios que en gestionar de manera integral nuestros bosques.

Es imposible no recordar tragedias pasadas. El incendio de Viña del Mar, con más de 130 muertos, causado por individuos carentes de humanidad. Los incendios de 2017, que arrasaron Santa Olga, me afectan particularmente: por esas cosas del destino mientras trabajaba en un proyecto de arbolado urbano, mi cuerpo colapsó, lo que derivó en la enfermedad que padezco hoy. O el incendio de Torres del Paine, un atentado artero contra la naturaleza provocado por íntegramente por la negligencia.

A estos grandes siniestros se suman otros menos conocidos, pero igualmente devastadores. En lo que va de la temporada, ya se han consumido más de 3,600 hectáreas.

¡Cómo desearía que esta nota pudiera titularse "Por qué en Chile no hay incendios forestales"! Pero mientras la maldad y el negacionismo climático persistan, ese sueño seguirá siendo inalcanzable. Aun así, queda en nosotros la responsabilidad de trabajar por un futuro mejor, protegiendo nuestro patrimonio natural y promoviendo la conciencia colectiva.

Foto : La Tercera

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