Vivimos rodeados de monocultivos, aunque no siempre los reconozcamos. Mientras el pino y el eucalipto son ampliamente señalados por su impacto ambiental, rara vez cuestionamos los monocultivos agrícolas como el trigo, el maíz o la soya. Estos, a pesar de usar prácticas intensivas y grandes volúmenes de agua, no despiertan el mismo rechazo. ¿Por qué esta doble vara?
Más allá del árbol o la espiga: lo que está en juego es el modelo
No se trata de demonizar estas actividades, sino de mirar con más profundidad. Detrás de cada producto, hay decisiones políticas, modelos técnicos y relaciones de poder. Y también hay comunidades que dependen de ellas.
El problema no es únicamente qué se cultiva, sino cómo, dónde y para qué. No es el monocultivo en sí mismo, sino el modelo territorial que lo reproduce: homogéneo, intensivo, a menudo excluyente y ciego a la diversidad natural y cultural.
Entonces, más que preguntarnos si podemos vivir sin monocultivos, las preguntas más urgentes y honestas son:
¿Cómo queremos convivir con ellos?
¿Con qué regulaciones, con qué límites, con qué participación?
¿A qué estamos dispuestos a renunciar? ¿Qué estamos dispuestos a cambiar?
Si solo señalamos a un tipo de monocultivo y no cuestionamos el conjunto del modelo productivo, la crítica es incompleta. Y una crítica incompleta, por muy justa que parezca, difícilmente transforma.
El desafío de la convivencia: redefinir el progreso
El problema de fondo no es el árbol, la espiga o la escama; es el modelo de producción: extractivo, dependiente de insumos químicos, centrado en la rentabilidad y con escasa preocupación por la regeneración de los ecosistemas. Un monocultivo, sea donde sea, empobrece el suelo, agota el agua y reduce la biodiversidad.
Quizá ya no podamos vivir sin monocultivos para sostener nuestro modelo actual. Los necesitamos. Los monocultivos agrícolas, en particular, son cruciales para la seguridad alimentaria global y, en el caso de la exportación, generan divisas fundamentales para la economía de países como Chile, incluso si su consumo interno es bajo. El desierto avanza no solo por la tala, sino por lo que decidimos priorizar.
Pero tampoco es justo atribuirles toda la responsabilidad solo a ellos. Los monocultivos no son “el mal” en sí mismos. El problema es su despliegue extensivo, suplantando paisajes diversos, agotando recursos y debilitando ecosistemas complejos. No se trata solo de cambiar qué especie se planta, sino de preguntarnos cuánto espacio dejamos a la diversidad, al agua como ciclo, al suelo como organismo vivo y a formas de producción que no repliquen la lógica del máximo rendimiento.
Existen experiencias que apuntan en esa dirección: agroforestería, rotación de cultivos, conservación de corredores biológicos, entre otras. Son caminos más sostenibles que muestran que otro modelo no solo es necesario, sino posible.
En un país como Chile, con estrés hídrico creciente y biodiversidad amenazada, esta reflexión es urgente y estructural. La pregunta no es si podemos vivir sin monocultivos —porque en la práctica, y por ahora, parece que no—. La pregunta es si podemos seguir viviendo con ellos bajo el mismo paradigma extractivo, o si estamos listos para construir un modelo de convivencia más justo y sostenible, que equilibre las necesidades económicas con la salud de nuestros territorios.

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