Sin embargo, la lucha se extendió a un campo de batalla mucho más grande y complejo: el de los plásticos de un solo uso en su totalidad. A pesar del éxito con las bolsas, la amenaza persistía en otros formatos: bombillas, cubiertos, vasos, envases de comida para llevar y sachets, entre otros. Estos productos, usados por pocos minutos, generan un volumen de residuos aún mayor y más difícil de gestionar. Su ligereza los convierte en un peligro mortal para la fauna, que los confunde con alimento o queda atrapada en ellos, una imagen desgarradora que hemos visto una y otra vez en las playas y en los océanos.
Hoy, Chile lidera la región con medidas legislativas pioneras contra la contaminación plástica. La Ley 21.368 es un instrumento fundamental en esta batalla, pero su implementación enfrenta una fuerte resistencia. Los debates parlamentarios a menudo nos recuerdan lo difícil que es cambiar hábitos arraigados y los intereses de una industria. Su efectividad depende de superar obstáculos políticos e industriales, y de desarrollar la infraestructura necesaria para una economía circular.
Pero más allá de las leyes, hay una verdad que nos acompaña en cada paso: la de los microplásticos. Estos diminutos fragmentos invisibles ya no son una amenaza lejana; son una realidad presente en nuestros océanos, en el aire y en nuestros propios cuerpos. Es una verdad tan cruda que una publicación como National Geographic le dedicó una de sus portadas más impactantes, con una imagen que nos llama a reflexionar: un fetohumano dentro de una bolsa plástica, bajo el título "Homo Plasticus". La ciencia nos da la razón, y esa imagen es la prueba visual de mi frase: "de microplástico eres y enmicroplástico te convertirás". Ya no es una metáfora; es una advertencia, una profecía que se cumple silenciosamente en cada uno de nosotros.
Mientras esperamos que la legislación avance, esta frase nos obliga a mirar hacia adentro. Nos recuerda que, sin importar las leyes, la responsabilidad de cada uno de nuestros actos es ineludible. Cada vez que elegimos un producto con menos plástico, cada vez que reutilizamos o evitamos un envase innecesario, estamos reescribiendo, de a poco, esa profecía. La batalla por nuestro futuro no solo se libra en el parlamento, sino en cada decisión que tomamos.

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