Se suele decir, cuando llueve mucho o muy fuerte, que “llueve a la antigua”. Lo escucho desde niño, hace ya varias décadas, y como lo que se hereda no se hurta, hoy lo uso yo y también muchos que compartimos haber nacido bastante antes del presente.
Un presente extraño en lo climático: cada vez son más frecuentes las trombas y hasta los tornados. En Linares, Región del Maule, uno de estos fenómenos causó destrozos la tarde del sábado 20 de septiembre, cuando aún seguían las celebraciones de Fiestas Patrias.
Junto al tornado, granizos del porte de una moneda de diez pesos
sorprendieron a más de uno, incluidos los presentadores de noticias,
especialistas en poner cara de asombro a cualquier gráfico del meteorólogo de
turno.
A mí me tocó la parte ruidosa de la fiesta: truenos que nunca
había escuchado tan fuertes, al punto de soñarlos. Esos sueños que parecen
reales, con sonidos y sensaciones de tragedia. Desperté con esa inquietud y al
prender los noticieros —olvidé incluso la Fórmula 1— me encontré con escenas
del sistema frontal: casas destruidas, árboles arrancados de raíz, techos en
las calles, cortes de luz.
El noticiero, más espectáculo que información, se empeñaba en
transmitir angustia en lugar de datos útiles. En estudio, un meteorólogo —del
que no dudo sus capacidades— debía explicar con peras y manzanas lo evidente. Y
entre despachos en vivo, mostraban imágenes de fondas inundadas, fonderos
afectados y celebraciones que resistían pese al mal tiempo.
Mientras desayunaba, pensé: “llueve como a la antigua”. Pero no.
La lluvia es de siempre; lo nuevo, al menos para Chile, son los tornados. Ya no
hablamos de esos remolinos inofensivos de polvo que uno veía en patios o
calles, sino de vórtices que bajan de las nubes al suelo, como en Estados
Unidos, pero a la chilena: más chicos, sí, pero igual dañinos.
Y dañan porque, como alguien dijo, Chile está muy preparado para
terremotos y tsunamis, bastante para incendios forestales, poco para
inundaciones y nada para esta nueva realidad que ya asoma. La naturaleza, en su
generosidad, nos está dando pistas de lo que viene.
Y si de inventar la rueda se trata, bien podemos comenzar por lo
obvio: en los hogares identificar el rincón más seguro, reforzar techumbres y
conversar en familia un plan básico de emergencia; a nivel local urge que
municipios y comunidades cuenten con sistemas de alerta, educación preventiva y
espacios que sirvan de refugio rápido; y a nivel país, no queda otra que
incorporar los tornados en los protocolos de Senapred, actualizar normas de
construcción y potenciar el monitoreo meteorológico. No porque sean frecuentes
todavía, sino porque ya dejaron de ser una rareza y es mejor adelantarse a los
golpes de la naturaleza que seguir lamentando sorpresas.
Es, sin duda, una advertencia. Una que las personas comunes solemos
escuchar, porque nos toca directamente. Pero son las autoridades —más aún en un
año electoral— las que deben hacerlo. No pueden dejar para mañana, o para otro
gobierno, lo que hay que resolver hoy: prepararse para responder a tornados y a
las sorpresas menos agradables que el cambio climático traerá al país.
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