domingo, 28 de septiembre de 2025

Moda rápida: impacto ambiental y social de la ropa desechable

Dicen que “la moda no incomoda”, pero creo que no es tan cierto.

Varias veces he visto en la calle pequeños montones de ropa, tirados como si fueran escombros textiles, esperando que los recolectores de basura los lancen al camión junto con el resto de nuestros desperdicios. Quiero pensar que, antes de llegar ahí, esa ropa no tuvo otro destino posible: convertirse en trapo de limpieza, encontrar un nuevo cuerpo en un hogar de ancianos, en las manos de alguien que la revenda, o en un taller donde un par de tijeras y algo de ingenio la transformen.

Esos montones me recuerdan al basural de ropa usada en el desierto de Atacama: 320 hectáreas, entre 11 y 59 mil toneladas de telas muertas. Un cementerio de moda rápida.

La llaman fast fashion: millones de prendas fabricadas a bajo costo, siguiendo tendencias que duran lo que un like en redes sociales. Moda casi desechable que, tras un breve paso por nuestros armarios, termina contaminando calles, canales, ríos y humedales urbanos. Allí, entre costuras y fibras sintéticas, anida fauna que puede transmitir enfermedades. Una manera sutil de devolvernos el daño.

A nivel global, la industria de la moda es la segunda más contaminante del planeta, después del petróleo. Entre sus impactos:

  • Se necesitan 7.500 litros de agua para producir un solo pantalón de mezclilla.

  • El sector del vestido consume 93.000 millones de m³ de agua cada año, suficiente para abastecer a 5 millones de personas.

  • Es responsable del 20% del desperdicio total de agua en el mundo.

  • Genera el 8% de los gases de efecto invernadero.

  • Libera microplásticos al lavar prendas sintéticas, contaminando ríos y océanos.

  • Los tintes y químicos usados en la producción afectan suelos y cursos de agua.

  • Cada segundo se quema o entierra una cantidad de ropa equivalente a un camión de basura.

  • La producción de prendas se duplicó entre 2000 y 2014.

La ropa que usamos nos acompaña en todas las etapas: primero nos visten nuestros padres, luego buscamos nuestra identidad en lo que vestimos, y décadas atrás la ropa pasaba al hermano menor, el primer gran reciclador de la historia familiar.

No tiro la primera piedra: me encantan los asados a leña. Pero en ropa soy austero: zapatos hasta que no dan más, pantalones, camisas y chaquetas me duran años. De hecho, todavía uso una camisa que vestía en la universidad… y francamente, se conserva mejor que yo. Espero que haya mucha gente como yo, y que, además de mi ejemplo, recurra a viejos oficios como costureros y zapateros para alargar la vida de las prendas.

Aun así, no puedo ignorar la presión constante para comprar: promociones, ofertas sobre ofertas, tendencias que cambian cada semana, y la mirada de los demás que parece medirnos por nuestra vestimenta. Hay un placer culpable en vestirse bien y también en ver a otros bien vestidos. Ese disfrute, sin embargo, muchas veces nos lleva a un consumo desmedido, acumulando ropa que termina olvidada en armarios o, peor aún, en la basura.

Se suele decir que la moda no incomoda, y en el ámbito individual es cierto: nadie puede reprochar cómo vistas, salvo que ofendas la moral y las buenas costumbres. Aunque quisiera hacer un pequeño llamado: cuando vayas a comprarte una prenda, junto con medir tu talla, mide la huella de carbono e hídrica de la industria que fomentas comprando solo por gusto. Quizá no dejes de comprar, pero al menos lo harás con cierta incomodidad. Mejor aún: ¿qué tal si cada vez que compras una prenda también siembras un árbol? Tal vez así compensamos, aunque sea un poco, el efecto de la moda en el planeta.

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