Hace unos días me enteré que fracasó el famoso acuerdo global para reducción de la contaminación por plásticos, otra de esas cruzadas que en el fondo buscan lo mismo: salvar la roca donde vivimos.
El traspié no es por falta de conciencia ciudadana, sino por fallos mucho más grandes, políticos y económicos. El informe dice que el estancamiento en las negociaciones en Ginebra fue un punto de quiebre. ¿La razón? La oposición cerrada de los países petroleros y de la industria petroquímica, que en vez de apagar los pozos, ahora quieren seguir bombeando, pero para fabricar plásticos. Un negocio nuevo y redondo, mientras los combustibles fósiles se desinflan. El problema es que muchos de esos plásticos, convertidos en micro pedacitos, ya están en nuestra sangre y vaya uno a saber dónde más.
La parte económica no se queda atrás: el plástico virgen es ridículamente barato, mientras que el reciclado sale más caro de producir. Con esa diferencia no hay cómo competir, y el resultado es que apenas un 9% del plástico mundial se recicla.
Aun así no todo es gris. Hay países que han mostrado que se puede: Ruanda y Chile con prohibiciones firmes, o Alemania y el Reino Unido con impuestos y sistemas de retorno que realmente funcionan.
Pero ojo: el informe también apunta al famoso “greenwashing”. Las grandes empresas venden con slogans verdes una supuesta preocupación ambiental, mientras en la práctica casi nada cambia. La verdadera salida, dicen, está en reducir la producción de plásticos vírgenes, obligar a los productores a hacerse cargo de lo que ponen en el mercado y apostar en serio por innovación, como los bioplásticos de segunda generación o el reciclaje químico.
Muchos se preguntan si hay vida en otras partes del universo, y si esa vida será menos, tan o más avanzada que la nuestra, hostil o amistosa. Y si fueran avanzados, ¿no estarían acaso intentando contactarnos? Puede que ya lo hayan hecho, quizá venían buscando un planeta verde, con tierras fértiles, aguas limpias y atmósfera natural donde compartir la existencia… pero en el camino se dieron cuenta de que lo que tenemos es cada vez más basura, más plástico y menos árboles. Y entonces, simplemente, decidieron devolverse.
El nombre de Tierra se lo debemos a los romanos. Viene de Terra, en honor a la diosa Terra Mater, y lleva más de 2.700 años acompañándonos. Sin embargo, a este paso, no sería raro que dentro de poco tengamos que rebautizar el planeta como Plástico.

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