domingo, 9 de noviembre de 2025

De las Sombras al Cemento: La Triste Modernización de Nuestros Espacios Públicos

En distintas ciudades de Chile se está consolidando una tendencia preocupante: la de “modernizar” plazas, avenidas y parques bajo una lógica que confunde progreso con cemento. Lo vemos en Chillán, donde la remodelación de la Plaza de Armas acaba de recibir aprobación técnica; en Talca, donde el 2031 aparece como fecha límite para reconstruir las históricas Escuelas Concentradas; y ahora en Santiago, donde el proyecto “Nueva Alameda” avanza en Plaza Italia, provocando la reacción espontánea de los vecinos: “es puro cemento” es la reacción de los vecinos y transeúntes. Tres ciudades distintas, tres obras diferentes, un mismo resultado: más superficie dura, menos sombra.

El caso de Chillán es emblemático. Su plaza, corazón de la vida cotidiana, fue concebida como un espacio verde, frondoso y amable, que ofrecía refugio frente al calor de los veranos y al ritmo del centro urbano. Hoy, en los renders de la remodelación, los árboles desaparecen o se reducen a un elemento decorativo. El proyecto se presenta como un paso hacia la modernidad, pero al mirar más de cerca, cuesta distinguir dónde quedó la naturaleza. En una ciudad con veranos intensos y poca ventilación, esa omisión es más que un detalle: sin sombra, el espacio público deja de ser habitable.

Talca vive un proceso similar, aunque de naturaleza distinta. La reconstrucción de las Escuelas Concentradas, ícono educativo y patrimonial, -que yo no reconstruiría como colegio, en su lugar tendría un centro cívico- busca recuperar un símbolo de la educación pública, pero vuelve a repetirse el patrón. Se habla de rescatar la arquitectura y la historia, pero no de los patios, los árboles o el verde que acompañaba la vida escolar. Y, sin embargo, muchos de los que por ahí pasaron, mi madre entre ellos, recuerdan que esos patios eran algo más que espacios: eran lugares donde se aprendía a convivir bajo la sombra de un árbol, donde se jugaba, se descansaba, se soñaba. Un patio sin árboles no enseña comunidad, enseña calor y encierro. El cemento, además de absorber temperatura, termina absorbiendo memoria si es que no fundiendola.

Santiago, por su parte, muestra el rostro más visible de esta tendencia. En la Nueva Alameda, la intervención en Plaza Italia avanza con rapidez, pero también con polémica. Aunque el proyecto promete más de ocho mil metros cuadrados de nuevas áreas verdes, lo que hoy se observa a simple vista es una gran explanada gris, con árboles jóvenes recién plantados y sin sombra efectiva. Los vecinos lo describen con claridad: “todo es cemento”. Y tienen razón. El discurso institucional repite que el verde aumentará, pero la experiencia inmediata es la contraria: el sol rebota, el aire se recalienta y la sensación térmica se dispara.

Lo que ocurre en estos tres lugares no son casos aislados, sino un reflejo de algo más profundo: una manera de entender la ciudad que privilegia la obra visible por sobre el equilibrio ambiental. Las autoridades suelen hablar de renovación, de seguridad, de accesibilidad, de diseño moderno. Pero se olvidan de un principio básico: la habitabilidad depende del confort térmico, y ese confort no lo entrega el granito ni la luminaria, sino el follaje.

Hay también un desfase de tiempos. Un árbol necesita diez, quince o veinte años para entregar sombra plena, mientras que una obra pública se construye en dos o tres. Esa diferencia explica por qué tantos proyectos se inauguran al sol. Se busca el aplauso inmediato, la foto aérea perfecta, pero se deja de lado el tiempo que la vegetación requiere para desarrollarse y crecer, que es más lento, más silencioso y mucho más duradero.

La modernidad no puede medirse en metros cuadrados de pavimento ni en la limpieza de un diseño. Los árboles no entorpecen las ciudades: las equilibran, las humanizan. Lo paradójico es que, en nombre de la sustentabilidad, se están eliminando los únicos elementos verdaderamente sostenibles.

La evidencia técnica lo confirma: un árbol adulto puede reducir entre dos y ocho grados la temperatura del aire; una buena cobertura arbórea puede disminuir hasta en un treinta por ciento el consumo de energía por climatización; cada árbol urbano captura alrededor de veinte kilos de CO₂ al año y permite infiltrar hasta un sesenta por ciento más agua de lluvia que una superficie pavimentada. Además, los barrios con más vegetación registran menores niveles de estrés, agresividad y enfermedades cardiovasculares. En resumen: los árboles enfrían la ciudad; el cemento la recalienta.

Chillán, Talca y Santiago deberían servirnos como advertencia. No hay modernización posible si olvidamos la sombra. Cada árbol maduro que se tala es una deuda térmica y emocional con el futuro. Podremos tener plazas iluminadas, escuelas reconstruidas y avenidas peatonales, pero si en ellas el sol golpea sin clemencia, no habremos ganado confort: habremos perdido cobijo.



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