El
caso de Chillán es emblemático. Su
plaza, corazón de la vida cotidiana, fue concebida como un espacio verde,
frondoso y amable, que ofrecía refugio frente al calor de los veranos y al
ritmo del centro urbano. Hoy, en los renders de la remodelación, los árboles
desaparecen o se reducen a un elemento decorativo. El proyecto se presenta como
un paso hacia la modernidad, pero al mirar más de cerca, cuesta distinguir
dónde quedó la naturaleza. En una ciudad con veranos intensos y poca
ventilación, esa omisión es más que un detalle: sin sombra, el espacio público
deja de ser habitable.
Talca vive un proceso similar, aunque de naturaleza distinta. La
reconstrucción de las Escuelas Concentradas, ícono educativo y patrimonial, -que
yo no reconstruiría como colegio, en su lugar tendría un centro cívico- busca
recuperar un símbolo de la educación pública, pero vuelve a repetirse el
patrón. Se habla de rescatar la arquitectura y la historia, pero no de los
patios, los árboles o el verde que acompañaba la vida escolar. Y, sin embargo, muchos
de los que por ahí pasaron, mi madre entre ellos, recuerdan que esos patios
eran algo más que espacios: eran lugares donde se aprendía a convivir bajo la
sombra de un árbol, donde se jugaba, se descansaba, se soñaba. Un patio sin
árboles no enseña comunidad, enseña calor y encierro. El cemento, además de
absorber temperatura, termina absorbiendo memoria si es que no fundiendola.
Santiago, por su parte, muestra el rostro más
visible de esta tendencia. En la Nueva Alameda, la intervención en Plaza Italia
avanza con rapidez, pero también con polémica. Aunque el proyecto promete más
de ocho mil metros cuadrados de nuevas áreas verdes, lo que hoy se observa a
simple vista es una gran explanada gris, con árboles jóvenes recién plantados y
sin sombra efectiva. Los vecinos lo
describen con claridad: “todo es cemento”. Y tienen razón. El discurso
institucional repite que el verde aumentará, pero la experiencia inmediata es
la contraria: el sol rebota, el aire se recalienta y la sensación térmica se
dispara.
Lo
que ocurre en estos tres lugares no son casos aislados, sino un reflejo de algo
más profundo: una manera de entender la ciudad que privilegia la obra visible
por sobre el equilibrio ambiental. Las autoridades suelen hablar de renovación,
de seguridad, de accesibilidad, de diseño moderno. Pero se olvidan de un
principio básico: la habitabilidad depende del confort térmico, y ese confort
no lo entrega el granito ni la luminaria, sino el follaje.
Hay
también un desfase de tiempos. Un árbol necesita diez, quince o veinte años
para entregar sombra plena, mientras que una obra pública se construye en dos o
tres. Esa diferencia explica por qué tantos proyectos se inauguran al sol. Se
busca el aplauso inmediato, la foto aérea perfecta, pero se deja de lado el
tiempo que la vegetación requiere para desarrollarse y crecer, que es más
lento, más silencioso y mucho más duradero.
La
modernidad no puede medirse en metros cuadrados de pavimento ni en la limpieza
de un diseño. Los árboles no entorpecen las ciudades: las equilibran, las
humanizan. Lo paradójico es que, en nombre de la sustentabilidad, se están
eliminando los únicos elementos verdaderamente sostenibles.
La
evidencia técnica lo confirma: un árbol adulto puede reducir entre dos y ocho
grados la temperatura del aire; una buena cobertura arbórea puede disminuir
hasta en un treinta por ciento el consumo de energía por climatización; cada
árbol urbano captura alrededor de veinte kilos de CO₂ al año y permite infiltrar hasta un
sesenta por ciento más agua de lluvia que una superficie pavimentada. Además,
los barrios con más vegetación registran menores niveles de estrés, agresividad
y enfermedades cardiovasculares. En resumen: los árboles enfrían la ciudad; el
cemento la recalienta.
Chillán,
Talca y Santiago deberían servirnos como advertencia. No hay modernización
posible si olvidamos la sombra. Cada árbol maduro que se tala es una deuda
térmica y emocional con el futuro. Podremos tener plazas iluminadas, escuelas
reconstruidas y avenidas peatonales, pero si en ellas el sol golpea sin
clemencia, no habremos ganado confort: habremos perdido cobijo.
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