El pasado 16 de diciembre de 2025, apareció en el diario El Mercurio una carta al director titulada "Populismo medioambiental". En ella, una vecina de la Laguna de Aculeo planteaba una visión que ha generado debate: la idea de que la recuperación del ecosistema es un asunto de "lluvia" y de autonomía comunitaria, pidiendo que los activistas ambientales se mantengan al margen. Esta carta no es solo una opinión personal; es el síntoma de una desconexión peligrosa entre la percepción local y la realidad técnica que enfrentan nuestras aguas.
La opinión de la vecina plantea una interrogante punzante: ¿Es la naturaleza realmente la única responsable de estas tragedias, o estamos usando el clima como excusa para evitar nuestra responsabilidad? Para entender esto, veamos dos cuerpos o espejos de agua que, aunque hoy lucen distintos, sufren el mismo mal: la intervención humana sin control.
Aculeo: El espejismo de la recuperación
Es cierto que las últimas lluvias trajeron alivio a la Laguna de Aculeo tras años de ser un desierto de tierra partida. Pero creer que el problema se solucionó solo porque "volvió el agua" es un error de diagnóstico grave.
Diversos estudios científicos han demostrado que la crisis de Aculeo no fue solo una sequía climática; fue una crisis de gestión. El desvío de esteros y la proliferación de pozos profundos para riego y piscinas jugaron un rol determinante. Si la comunidad se cierra a la fiscalización externa y confía solo en la lluvia, está condenada a repetir el ciclo: en cuanto las precipitaciones disminuyan, el sobreconsumo volverá a secar la laguna. ¿Se podría dejar toda recuperación a la naturaleza? Por supuesto, pero eso requeriría que la intervención humana fuera mínima, cosa que sabemos no ha sido ni es posible hoy.
Vichuquén: El agua que no se puede tocar
Por otro lado, el Lago Vichuquén nos ofrece una lección distinta pero igual de cruda. Allí hay agua, pero no hay vida sana. La reciente emergencia por cianobacterias ha convertido el lago en una zona de riesgo sanitario. Por cierto, leí hace unas semanas que este tipo de bacterias causó una extinción masiva conocida como el "Gran Evento de Oxidación" (GEO), el cual eliminó a gran parte de las formas de vida anaeróbicas hace más o menos 2.400 millones de años.
En Vichuquén el problema no es la falta de lluvia, sino la calidad. Décadas de vertidos de nutrientes, falta de alcantarillado adecuado y el uso intensivo de motores han "enfermado" el agua. Vichuquén es la prueba de que un ecosistema no se cuida solo; requiere ciencia, regulación y una intervención que vaya más allá del deseo de los residentes.
En la zona, la economía depende mucho del turismo. La hasta hace algunos años denominada "industria sin chimeneas" —en alusión a sus supuestos escasos efectos ambientales— es, en buena parte, la responsable. No es sustentable cargar zonas aledañas al lago con tanta vivienda, y menos dejar que todas las aguas servidas vayan a este. ¿Algún día entenderemos?
El peligro de la autocomplacencia
La carta que dio origen a este análisis refleja un sentimiento común: el rechazo a lo que llaman "populismo medioambiental". Pero, ¿es populismo pedir regulaciones que aseguren que el agua sea para todos y no para unos pocos? ¿Es populismo exigir que no se viertan desechos en un lago?
Dejar el cuidado de nuestros ecosistemas en manos de la "buena voluntad" de los vecinos o del azar del clima es, en la práctica, dejarlo todo a la deriva.
La tragedia ecológica de Vichuquén y la fragilidad de Aculeo nos enseñan que la naturaleza tiene límites. Si queremos que estos paisajes no sean solo recuerdos en fotos antiguas, debemos aceptar que la ciencia y la protección ambiental no son "intrusos", sino las únicas herramientas que tenemos para que la próxima lluvia no sea simplemente un alivio pasajero, sino una verdadera oportunidad de vida.
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