Casi de manera romántica algunos dicen que somos polvo de estrellas, y más allá de lo novelesco que pudiera sonar, es cierto: los componentes de la vida en la Tierra están presentes en el universo desde hace miles de millones de años.
En el colegio nos enseñaron varias teorías sobre el origen de la vida. Una que me gusta, y que casi siento como propia, es la del “caldo de la vida”, esa idea de que todos los elementos necesarios para formar moléculas orgánicas estaban en el océano —cosa cierta— y que fue una chispa, quizá un rayo, la que desencadenó la mezcla que terminó dando origen a las primeras formas de vida. Esta teoría es muy parecida a la que propone que fueron los sumideros volcánicos en las profundidades de los océanos primitivos los que entregaron el calor para formar moléculas esenciales, tal vez la más básica de todas: el ARN, tan famoso durante la pandemia.
Otra
teoría dice que la vida —o mejor dicho, sus componentes orgánicos— llegó desde
el espacio, y que en la Tierra solo se armó el rompecabezas. Algo así como si
la vida hubiera llegado “pre construida”, como esos chefs que preparan platos
increíbles con ingredientes que ya vienen listos, solo esperando la mezcla
final.
También
está la teoría creacionista, que deja todo en manos de Dios. Tal vez Él lanzó
el rayo, o creó las fumarolas del caldo primordial. Quién sabe. Es uno de esos
“¿qué?” o “¿cómo?” que no alcanzamos a responder y que quedan entregados a la
fe. No me compro eso de haber sido creados a imagen y semejanza; creo
firmemente en la evolución de las especies, ser humano con todas sus
imperfecciones incluidas.
Pero
estos días la NASA hizo público un descubrimiento fascinante: encontró ribosa,
un componente esencial del ARN —de ahí su nombre, Ácido RiboNucleico— en elasteroide Bennu, en muestras traídas por la misión OSIRIS-REx. Y la noticia va
aún más lejos: ya se identificaron todos los componentes necesarios para formar
la molécula de ARN.
La
importancia de este hallazgo es que refuerza la teoría de la panspermia, que
postula que la vida no se originó en la Tierra, sino que llegó en forma de
microorganismos que, cual primigenios viajeros estelares, venían en cometas, meteoritos
o partículas de polvo cósmico. Las llamadas por algunos “semillas de la vida”
vagan por el universo buscando el suelo adecuado donde germinar, y es de
esperar que la Tierra solo sea uno de esos suelos.
¿Dios?
Pudiera parecer simplista dejar todo en manos de Dios, mas no lo es. Aunque
muchos explican lo que hacen y sus consecuencias, lo que sienten, lo que
quieren, en manos de Dios —cualquiera de sus dimensiones o expresiones—, bien
se podría explicar el origen de la vida como obra suya: el rayo ya comentado, y
ahora, por qué no, pensar que fue Él quien puso la ribosa y otros componentes a
viajar por la inmensidad. No soy una persona de fe; no creo, o quizás —como me
dijo una amiga— no quiero creer, no quiero tener fe. Hace mucho tiempo que,
salvo unos segundos al pasar, no digo “gracias a Dios”; lo reemplazo por
“naturaleza”. Y he ahí otro concepto amplio: antes de la formación de la vida,
¿podemos siquiera hablar de naturaleza como la entendemos comúnmente?
La
ciencia es más que una herramienta: es un camino para descubrir algo que muchas
veces se revela sin ser el objetivo inicial. El origen de la vida debe ser una
de las búsquedas más antiguas de la humanidad: cómo empezó, cómo se replica.
Pasamos por explicaciones que hoy parecen poco lógicas como la generación
espontánea… y, sin embargo —abstraído de lo que creo saber—, la veo a diario
cuando me dejo llevar observando cómo aparecen de la nada insectos, crustáceos,
gusanos y otros pequeños seres en mi compostera. ¿De dónde salieron, si yo solo
puse las sobras de las ensaladas y las frutas?
El
descubrimiento de la NASA también abre la posibilidad real de que exista vida
en otros planetas, que no necesariamente deben parecerse a la Tierra. La
búsqueda se ha centrado en lo parecido porque buscamos mundos para colonizar.
Quién sabe, quizá también buscamos formas de vida similares a las nuestras para
dejar de sentir esa especie de orfandad a la que parecemos condenados desde
hace millones de años.
He
leído mucho sobre esta revelación y me llena de esperanza que la ciencia pueda
encontrar respuestas sobre nuestro origen. Pero esas mismas lecturas refrescan
dudas y abren otras respecto a lo azaroso que pudo haber sido nuestra creación.
Aparecen preguntas: por qué, si la vida pudo formarse en otros lugares, no
evolucionó más allá de formas simples. O quizá sí evolucionó, y cometieron los
mismos o peores errores que nosotros y se extinguieron sin dejar rastro. Quizá
las estrellas que los gobernaban explotaron, convirtiéndolos —una vez más— en polvo
de estrellas.
Y
queda una inquietud filosófica: si para la gente de fe Dios es de todo el
universo, ¿por qué no permitió que otras formas de vida evolucionaran como
nosotros?, ¿No será que, luego de la creación, se dio cuenta de que se
equivocó?
Y mientras la ciencia abre
puertas que antes parecían selladas, sigo pensando en lo simple y lo complejo
que puede ser nuestro origen. Quizá todo comenzó con una chispa, con una ribosa
viajera, o con un gesto que aún no entendemos. Entre tanto descubrimiento y
tanta duda, queda una pregunta que se resiste a cerrarse del todo: ¿habremos
venido de partículas cósmicas errantes, de polvo estelar? Si así fuera,
entonces toda la vida en la Tierra no sería más ni menos que la descendencia de
los primeros extraterrestres.
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