miércoles, 21 de enero de 2026

Kast, Toledo y el delicado equilibrio ambiental

El nombramiento de Francisca Toledo como Ministra del Medio Ambiente en el gobierno del presidente electo José Antonio Kast abre un escenario que merece ser analizado sin caricaturas, pero tampoco con ingenuidad. No se trata solo de un cambio de nombres, sino de una redefinición del rol que el Estado le asigna a la política ambiental en un país atravesado por crisis ecológicas profundas y persistentes.

A diferencia de otros momentos políticos, el debate ambiental no parece estar en el centro del relato del nuevo gobierno. Y eso, en sí mismo, ya es una señal.

Kast y el clima: escepticismo político, no vacío discursivo

José Antonio Kast no ha construido su liderazgo desde una agenda ambiental. Su discurso ha sido consistente en priorizar crecimiento económico, orden institucional y reducción de trabas regulatorias. En ese marco, el cambio climático aparece más como un telón de fondo incómodo que como un eje estructurante de política pública.

Más que una negación frontal del fenómeno climático, lo que se observa es un cuestionamiento a la centralidad del consenso científico en la toma de decisiones políticas. El cambio climático existe, pero no define prioridades. Sus efectos se reconocen, pero no ordenan el modelo de desarrollo. En términos prácticos, esto se traduce en una mirada que desconfía del ambientalismo como fuerza política y que sospecha de regulaciones ambientales consideradas “ideológicas” o “excesivas”.

Este enfoque no es menor: cuando el liderazgo político relativiza la urgencia climática, toda la institucionalidad ambiental queda empujada a un rol secundario.

Francisca Toledo: técnica, regulación y bajo perfil ambiental

En contraste, Francisca Toledo no proviene del mundo del negacionismo climático ni del activismo ambiental. Su perfil es otro: ingeniería, derecho regulatorio, experiencia en coordinación estatal y gestión administrativa. No hay en su trayectoria pública declaraciones que nieguen el cambio climático ni sus efectos.

Pero esa ausencia también dice algo.

Toledo no parece venir a liderar una agenda ambiental transformadora, sino a administrar el sistema existente, ordenarlo, hacerlo más predecible y funcional a los objetivos generales del gobierno. Su eventual rol sería el de una ministra técnica, más preocupada de que el engranaje funcione sin fricciones que de empujar nuevos límites ambientales.

Aquí se configura una complementariedad clara: un presidente que relativiza la agenda climática y una ministra que no la confronta, sino que la gestiona desde la técnica.

El Ministerio del Medio Ambiente: de actor político a administrador regulatorio

En este contexto, el riesgo no es la demolición de la institucionalidad ambiental, sino algo más silencioso: su vaciamiento político. El Ministerio del Medio Ambiente seguiría existiendo, con sus servicios, normas y procedimientos, pero con un peso reducido en las decisiones estratégicas del país.

La protección ambiental pasaría a ser un tema de cumplimiento mínimo, no de liderazgo. De aplicación correcta, no de ambición pública.

Servicio Nacional Forestal: conservación sin protagonismo ambiental

La creación del Servicio Nacional Forestal (SERNAFOR), heredero de CONAF, marca un cambio institucional relevante. Sin embargo, su dependencia del Ministerio de Agricultura y no del de Medio Ambiente ya anticipa una tensión estructural.

En un gobierno donde la agenda ambiental no es prioritaria, el SERNAFOR podría convertirse en un servicio eminentemente operativo: incendios, manejo forestal, control de plagas, sin una articulación fuerte con una política de biodiversidad de largo plazo. La coordinación con Medio Ambiente será clave, pero nada indica que esta última cartera tenga la fuerza política para liderar esa relación.

La conservación forestal corre el riesgo de quedar subsumida en criterios productivos y de seguridad, más que en una visión ecosistémica integral.

Descontaminación urbana: continuidad sin ambición

Las políticas de descontaminación urbana, especialmente en materia de calidad del aire, probablemente continuarán. Sería políticamente costoso desmantelarlas. Sin embargo, todo indica que no habrá una profundización sustantiva de estándares ni un impulso decidido hacia transiciones energéticas más exigentes en el ámbito urbano.

La lógica sería clara: cumplir lo vigente, optimizar instrumentos, evitar conflictos, pero sin tensionar sectores productivos o hábitos de consumo con nuevas exigencias ambientales.

Humedales y biodiversidad: protección técnica, no política

En humedales y biodiversidad se observa un patrón similar. Inventarios, planes de manejo y regulaciones existentes seguirán operando, pero sin un relato político que los respalde con fuerza. La biodiversidad, históricamente relegada en Chile, difícilmente ganará centralidad en este escenario.

El Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas podría sobrevivir, pero sin el impulso político necesario para convertirse en un verdadero pilar del desarrollo sustentable.

Escazú: cumplimiento formal, espíritu contenido

El Acuerdo de Escazú no parece estar en riesgo de abandono, pero su implementación probablemente será defensiva. Participación ciudadana formal, acceso a información regulado, justicia ambiental acotada. Escazú como norma administrativa, no como herramienta de democratización ambiental.

Un ambientalismo mínimo para tiempos de crecimiento

Lo que se perfila no es un negacionismo ambiental explícito, sino un ambientalismo mínimo, subordinado a la lógica económica y a la estabilidad regulatoria. Un modelo donde el medio ambiente no desaparece, pero tampoco lidera.

El problema de este enfoque no es ideológico, sino estructural. Chile enfrenta incendios cada vez más intensos, crisis hídrica permanente, pérdida acelerada de biodiversidad y conflictos socioambientales que no se resuelven solo con eficiencia administrativa. Reducir la política ambiental a una cuestión de “buena regulación” es desconocer la magnitud del desafío.

La pregunta clave no es si habrá Ministerio del Medio Ambiente, sino para qué existirá. Si será un garante activo del interés público ambiental o un gestor silencioso del modelo de desarrollo vigente.

En esa definición se juega mucho más que un período presidencial. Se juega la capacidad del país de anticiparse a sus crisis ecológicas o, una vez más, reaccionar cuando ya es demasiado tarde. 

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