Hay pocos oficios donde lo que se dice antes, durante y después de ejercerlo tenga consecuencias tan directas sobre otras personas como la política, en particular en los cargos de elección popular. Desde un concejal hasta el Presidente de la República, la palabra no es neutra: construye marco, orienta prioridades y, muchas veces, habilita decisiones futuras.
No se trata aquí de simpatías personales. El Presidente Electo no representa una visión de país que comparta, pero sí encarna una voluntad expresada por millones de compatriotas, y eso es algo que vale y vale mucho. Ese mandato democrático merece respeto, precisamente porque conlleva una enorme responsabilidad. Y es desde ese respeto —no desde la adhesión ni desde el rechazo— que resulta necesario observar con atención sus gestos, silencios y palabras.
En estas semanas previas al cambio de mando en Chile, la atención pública está puesta en las señales que entregan quienes asumirán la conducción del país. Gestos, actos y declaraciones que muchas veces responden a la contingencia. En ese sentido, es justo reconocer y valorar la actitud de unidad mostrada tanto por el Presidente en ejercicio como por el Presidente Electo frente a los incendios forestales que afectan a la zona centro sur del país.
Sin embargo, es precisamente en este contexto donde aparece una frase menor en apariencia, pero que abre una discusión mayor. Ante la referencia a la presencia de naranjillos —especie protegida— en un área donde se proyecta un emprendimiento minero vinculado a tierras raras, el Presidente Electo habría señalado algo similar a: “¿Esos naranjillos, dónde están ahora?”
La pregunta que surge no es anecdótica: ¿Qué hay detrás de esas palabras?
Una primera lectura podría ser desconocimiento o falta de información, respecto de la situación de una especie considerada vulnerable, afectada por la fragmentación de su hábitat y la deforestación, y que el propio Estado —el mismo que dirigirá a partir del 11 de marzo de 2026— reconoce como protegida.
No se trata de exigir conocimiento técnico especializado, sino de comprender que, en ciertos temas, la falta de cuidado en el lenguaje tiene efectos simbólicos y prácticos. En ese contexto, una expresión de pesar o compromiso con la conservación habría transmitido una señal muy distinta.
Otra posibilidad es el desinterés. Es razonable que no todos los temas despierten la misma atención en quien gobernará el país, y no hay nada reprochable en tener áreas prioritarias. Sin embargo, ese desinterés se vuelve problemático cuando se ejerce sobre un territorio vasto y diverso, cuya riqueza no se limita al litio, al cobre o a otros recursos minerales, sino que incluye una biodiversidad frágil y, muchas veces, amenazada.
Existe también una tercera lectura, más incómoda: que este tipo de frases contribuya —intencionalmente o no— a naturalizar el cambio de uso de suelo y a despejar simbólicamente el camino para iniciativas productivas específicas. No es un misterio que los proyectos asociados a tierras raras se han convertido en una verdadera vedette de la geopolítica global, y Chile no está ajeno a esa presión. En ese escenario, minimizar la relevancia de especies protegidas no es un detalle menor, sino parte del relato que termina justificando ciertas decisiones.
Tal vez ninguna de estas interpretaciones sea completamente cierta por sí sola. Tal vez todas convivan en distintos grados. Pero lo relevante no es adivinar la intención, sino advertir que las palabras del poder importan incluso —y sobre todo— cuando parecen triviales. Porque no preguntan solo dónde están hoy esos naranjillos, sino qué lugar ocuparán la biodiversidad y la conservación en la mirada de quienes están llamados a gobernar el territorio.
Y ojo, no es solo que se pierdan ejemplares de naranjillo. La zona siniestrada constituye además hábitat de especies como el quele y de otras cuya conservación reviste igual o mayor importancia. Con cada incendio se pierde, ante todo, suelo y, por ende, el hábitat de comunidades biológicas completas, cuya desaparición ni toda la riqueza del mundo podría revertir.
Se suele decir que el lenguaje crea realidades. La pregunta entonces es inevitable: ¿Qué realidad construye el Presidente Electo con una frase desafortunada sobre los naranjillos? Más que inaugurar una nueva, parece reforzar una inquietud ya presente en muchos: que, en materia ambiental, la protección del medio ambiente podría no ocupar un lugar prioritario en la administración que se inicia.
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