Hace años que están ahí. Hace años que su población se desbordó y hace años que son, técnicamente, una plaga. Pero en las últimas semanas, como si se tratara de un reestreno de temporada, han vuelto a colonizar titulares, redes sociales y noticieros de TV abierta y de pago.
Vemos las mismas entrevistas a vecinos con opiniones complacientes, mirando a los invasores como una "gran población de mascotas comunitarias". Mientras tanto, los expertos —a quienes les guardo todo mi respeto— son silenciados por la falta de continuidad mediática. Los mismos programas de denuncia que salen a "cazar" infractores de la revisión técnica, como si fueran el mayor peligro para la sociedad, no se atreven a profundizar en las causas de fondo que explican esta problemática. Es más, me extraña que no hayan sido portada de LUN, o al menos yo no tuve el desagrado de verla.
Y pasa que la causa somos nosotros: el ser humano y su condescendencia estética.
Nos molesta el chinche del arce (que yo encuentro precioso), odiamos a las polillas pero amamos a las mariposas (siendo primos hermanos), pero aparecen parientes del "Conejo de la Suerte" y quedamos paralogizados. El problema salió a la luz hace años —en enero de 2025 en este mismo blog—, y al igual que hoy, la noticia sirvió de simple relleno para matinales, esos que envían noteros a grabar conejitos saltando para rellenar pauta. Y pese a ese “gran apoyo”, el problema ecológico simplemente siguió su curso natural (y exponencial).
Un año después, la población creció exponencialmente. Y no es una metáfora: los conejos —y sus primos, las liebres— tienen un alto potencial reproductivo, con varias camadas al año y múltiples crías por hembra. En ausencia de depredadores efectivos en el entorno urbano, la expansión no es sorpresa, es consecuencia.
La reproducción explica el crecimiento, pero la disponibilidad de alimento explica su permanencia. Mientras vecinos bien intencionados los sigan alimentando, el entorno urbano seguirá ofreciendo una capacidad de carga artificialmente alta. Reducir esa fuente de alimento no erradicará la población, pero sí puede disminuirla y estabilizarla.
¿Cómo abordamos esto sin circo ni tortura?
Si realmente queremos solucionar el problema en un entorno urbano, debemos alejarnos de la crueldad inútil. El huache (lazo de alambre) no es una opción; es un método de tortura que suele atrapar mascotas o dejar agonizando a los animales por horas. Existen alternativas técnicas que la autoridad ha ignorado por miedo al "qué dirán":
Restaurar el equilibrio desde el cielo: La precordillera de Las Condes tiene peucos, cernícalos entre otras especies. Instalar posadores o perchas de caza (postes altos con cruceta) en los parques afectados invitaría a estos controladores naturales a hacer su trabajo. Es control biológico, estético y eficiente.
Superar el trauma de "Bambi": Debemos recuperar la tradición del conejo escabechado. Es una carne magra, sustentable y de bajísima huella hídrica. Sería una hipocresía escandalizarse por el sacrificio de una plaga mientras consumimos carne de animales hacinados en la industria intensiva.
Hay quienes, desde un sentimentalismo mal entendido, seguro sugerirán la "relocalización" o soltarlos en el campo, lo que sería un error garrafal. El SAG es claro: el conejo es una plaga declarada. Relocalizar es solo dispersar el desastre ecológico, es llevar la erosión y la competencia desleal contra nuestra fauna nativa a otros territorios. Además, seamos honestos: nadie va a financiar una campaña masiva de esterilización para una especie que se reproduce a esta velocidad.
Un año de "monitoreo" mediático ha sido el mejor fertilizante para esta plaga. Mientras la prensa buscaba el ángulo más tierno para el GC de la pantalla, la biología seguía su curso. Hoy no tenemos menos conejos; tenemos más cámaras y menos soluciones. Es hora de dejar de alimentar el rating de la "ternura" y empezar a gestionar nuestro entorno con la seriedad que la ecología exige.
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