En una reflexión anterior comenté sobre cómo, a pesar de los avances, la naturaleza sigue siendo vista por muchos como algo ajeno, un simple escenario para el disfrute personal.
Lamentablemente, esta actitud ha tomado formas concretas y dolorosas en nuestra región, lo que denomino como incivilidades ambientales.
Así como en la ciudad condenamos a quien raya una pared ajena o bloquea una rampa para sillas de ruedas, debemos empezar a señalar con la misma fuerza a quien rompe el pacto de respeto con el ecosistema. Una incivilidad ambiental no es un error de cálculo; es un acto de violencia ética donde la comodidad individual se impone sobre la vida colectiva.
Las noticias de este tipo durante el año y en particular durante la temporada de verano son abundantes y ejemplos claros de esto son: En La Araucanía son el ejemplo: en el Parque Nacional Conguillío, se ha denunciado la presencia de fogatas - delito- y desechos biológicos (fecas humanas) en zonas de alta fragilidad como el sendero al Glaciar Sierra Nevada. Casi en paralelo, en el Parque Nacional Villarrica, la CONAF inició acciones legales por la tala de 22 araucarias —monumento natural que tarda siglos en crecer— para habilitar un sendero ilegal.
¿Por qué nos cuesta tanto entender el daño?
La respuesta está en la invisibilidad de la consecuencia. El que enciende una fogata o deja su basura se marcha, pero el riesgo de incendio y la contaminación química se quedan. El que corta una araucaria se lleva un acceso rápido a su predio, pero le roba al futuro un árbol que sobrevivió a glaciaciones.
La naturaleza no protesta en el momento. No llama a Carabineros. No envía una notificación. Simplemente acumula el daño.
Estas acciones se suman a una lista larga de "micro-agresiones" que hemos normalizado:
- Fumar en áreas protegidas (un cigarrillo puede borrar un bosque).
- Bañarse con jabón y/o champú en ríos y lagos, alterando un equilibrio químico milenario.
- Entrar con vehículos a dunas o humedales, aplastando nidos y flora nativa.
- Alimentar fauna silvestre, condenando a esos animales a la dependencia y a una muerte segura en las carreteras.
Llamarlas "incivilidades" es un paso necesario para dejar de verlas como simples descuidos. No son "faltas de cultura", son decisiones. Es tratar a un Parque Nacional como si fuera un baño público o un set de fotografía para redes sociales, olvidando que somos nosotros quienes estamos de visita en la casa de otras especies.
Creo que la verdadera ecología no nace solo de las grandes leyes, sino del fin de estas pequeñas grandes miserias. La naturaleza no es un escenario desechable; es un organismo vivo que no tiene por qué pagar el precio de nuestra falta de urbanidad.
La próxima vez que estés frente a un río, una araucaria o una duna, recuerda: no estás solo. Tu rastro es la medida de tu civismo. Sé un ciudadano ambiental, no un invasor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario